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nido tiempo de volver por su honor de monarca y de soldado, que tan comprometida quedo en la guerra del Nápoles, y sucedióle el duque de Orleans, Luis XII, príncipe tan ambicioso como aquél, pero más sagaz y acaso más valiente; y á los pocos meses de su proclamacion, entendióse con el Papa Alejandro VI, para mover guerra al soberano de Nápoles, Don Fadrique, y con la república de Venecia y otros pequeños Estados italianos, para atacar el Milanesado.

Antes de concluir el siglo xv, las armas de Luis XII se habian enseñoreado de toda la comarca lombarda, sin exceptuar la capital, Miián, y el miserable duque Ludovico Sforza, il Moro, aquel que hubo desencadenado contra Italia la primera invasion francesa, pocos años ántes, fué hecho prisionero de guerra, conducido á Francia y encerrado en el castillo de Lo. ches, en Berry, donde terminó oscuramente sus dias (I), el 21 de Octubre de 1508.

monio el rey de romanos Maximiliano I, y ántes fué su prometida la Gentil Demoiselle, Margarita de Austria, hija del mismo Maximiliano y hermana de Don Felipe el Hermoso, la que despues contrajo matrimonio en Burgos con el príncipe Don Juan de Castilla y Aragon, único hijo varon de los Reyes Católicos.

(1) Los mismos historiadores franceses afirman, que Luis el Moro, áun despues de caida la capital do

La Historia no puede perdonar á este ambicioso magnate las terribles desgracias que pro— dujo sobre Italia, desde el momento en que llamó á los franceses para apoderarse del reino de Nápoles: hijo natural del primer duque de Milán, Francisco Sforza, envenenó al inocentc Juan Galeazzo, soberano legítimo, y le usurpó el trono; y cuando las tropas de Cárlos VIII, y despues las de Luis XII, fueron derrotadas por los españoles de Gonzalo de Córdoba, volvieron sus armas contra el duque milanés, y le arrojaron del trono y de Italia.

Ludovico, ¿l Moro, sólo ofrece un motivo

su ducado, Milán, se defendió valerosamente contra las recias acometidas del ejército de Luis XII.—Fué necesario, para vencerlo, apelar á la traicion: los suizos de Francia compraron la lealtad de sus compatriotas, los suizos que seguian la bandera de Sforza, y cuando éste huyó, conociendo la traicion, disfrazado de mercenario suizo y con larga pica en la mano, aquéllos le descubrieron ántes de atravesar las líneas francesas, y le entregaron al mariscal de La Tremoille, quien lo envió á Francia, y Luis XII mandó que fuese encerrado en el castillo de Loches, en Berry, donde permaneció cautivo hasta su muerte.—Véase el brillante estudio que recientemente ha publicado un historiador francés, con este epígrafe: Guerra del Milanesado, pág. 1o7.

para el aplauso de la posteridad, y es el que se funda en la proteccion generosa que dispensó á los grandes artistas del Renacimiento: su corte, célebre por el esplendor de sus fiestas literarias y artísticas, era frecuentada por hombres tan ilustrados como el Calcondila, el Mercela, Minuziano, Paccioli y otros; el famoso Bramante concluyó el Ospedale Maggore, gran dioso monumento fundado por el duque Francisco, el padre del Moro; Gafurio presidia el primer Conservatorio de Música que fué instituido en Italia; Leonardo da Vinci, fundaba la celeberrima Academia di Pittura, y pintaba su admirable Cenacolo, en el refectorio del convento de Santa María delle Grazie.

En talsituacion, cuando el ejército de Luis XII amenazaba desde el Milanesado á Nápoles, cuyo rey Don Fadrique, como soberano, era descendiente, aunque bastardo, de Don Alfonso V de Aragon, el rey Don Fernando el Ca-. tólico, «que nunca habia perdido de vista sus derechos al trono de aquel reino,» y que no tenía intenciones de defender á Don Fadrique, y ménos á su hijo y heredero el duque de Calabria, propuso al monarca francés una particion amistosa de los Estados napolitanos, que fué aceptada por Luis XII, y que se llevó á cabo, en último término, con aprobacion del

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Pontífice, siendo ratificado por el Rey Católico, en Granada, el 11 de Noviembre de 1500; mas el hecho es que, reunida en Málaga una brillante Armada de 6o naves, con cuatro mil infantes y ochocientos jinetes de desembarque, el insigne Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitan, que acababa de coronar su gloria con la heróica hazaña de Guejar, segun hemos dicho en un capítulo anterior, partió al frente de ella, á las costas de Sicilia, y llegó á Mesina en Mayo del año 1500.

No hemos de referir aquí (porque exigen un libro entero de esta BIBLIOTECA), las segundas guerras de Italia: Gonzalo de Córdoba, en menos de un año, no solamente reconquistó la fuerte plaza de Cefalonia, que los turcos habian quitado á los venecianos, y se la entregó generosamente al almirante Fesaro (1), sino que sometió a las dos Calabrias, y puso cerco á Ta. rento, el cual se defendió obstinadamente, y entrando, por fin, vencedor en la fortaleza el dia 1.° de Marzo de 1502, apoderóse del jóven duque de Calabria, el hijo del desventurado Don Fadrique (2), que allí residia.

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(1) La República de Venecia proclamó al Gran Capitan noble veneciano, é inscribió su nombre con letras de oro en el libro de la nobleza pátria.

(2) Todos los historiadores modernos, desde Quin.

Y poco despues, rota la alianza de España y Francia, que no podia ser duradera, las armas de Gonzalo de Córdoba se volvieron contra los franceses, y entonces comenzó aquella admirable campaña, sin igual en la historia, que conmemoran con eterno lauro los triunfos de Barletta, de Ruvo, de Cerignola, de Seminara, la magnífica epopeya del Garellano, la no menos magnífica de Gaeta, la derrota, en fin, de los ejércitos franceses, que dió motivo al tratado

tana y Prescott hasta Lafuente, suponen que Gonzalo de Córdoba «arrojó un torpe borron en su vida (para copiar las palabras del primero de aquéllos), que ni se lava ni se disculpa por la parte que de él pueda caber al rey de España. n-Nosotros no lo creemos así: desde el momento en que Gonzalo recibió órden del rey para no desprenderse de la persona del duque de Calabria, todas las cláusulas anteriores del tratado de Tarento, que se oponian á tal órden, quedaban anuladas. Él, Gonzalo de Córdoba, era el jefe del ejército sitiador; pero sobre él, en asuntos de tan inmensa gravedad, estaba el rey: el tratado ó capitulacion de Tarento, fué, por este concepto, condicional, á falta de la ratificacion del rey; porque lo que menos podia figurarse Don Fernando, era, que el mismo duque de Calabria, llamado á ser sucesor de su padre Dor. Fadrique, cayese en manos del afortunado general español.

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