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atolondrado jóven tenía numerosos amigos. No era Don Fernando V, que carecia de la influencia benéfica y piadosa de la reina Isabel, capaz de sufrir tal desacato: al contrario, creyó llegada la ocasion de hacer un ejemplar castigo, un escarmiento enérgico, para leccion y enseñanza de los magnates que todavía se le mostraban ó rebeldes ó dudosos. Habia ya para entónces llegado á Búrgos, donde la córte residia, el ilustre vencedor en Cerignola y Garellano, Gonzalo Fernandez de Córdoba, el Gran Capitan (1), tio del jóven marqués de Priego, y nada pudieron sus ruegos,

(1) Entró en Búrgos varias semanas despues & y la legada de D. Fernando, por haberse separado de la comitiva régia, de la cual formaba parte, á los pocos dias de su desembarque en el puerto del Grao de Valencia, por enfermedad.—Los castellanos le recibieron con júbiló y entusiasmo indescriptible, y su entrada triunfal en la capital de Castilla, ento v la inmensa muchedumbre que le aclamaba con delirio, no fué, por cierto, pequeña parte, dígase lo que se quiera, para que el envidioso rey Don Fernando intentara desde entónces, como lo hizo, humillarle y postergarle, ya negándole el prometido maestrazgo de Santiago, ya desterrándole políticamente á Loja y Granada, para que allí se acabasen prematuramente sus dias.

ni sus gloriosos merecimientos, ni los merecimientos de todos sus ilustres antepasados, para aplacar la saña del irritado monarca: cuando Don Pedro de Aguilar, cediendo a las súplicas de su tio Gonzalo de Córdoba, quiso adelantarse á las operaciones de guerra que contra él se preparaban, y someterse incondicionalmente, el rey Don Fernando le ordenó regresar á Cór. doba, y entregar todas sus fortalezas y sus Estados; y luego, él mismo, al frente de buen golpe de jinetes y peones, le hizo prisionero en aquella ciudad, sin que el marqués se defendiera (victoria fácil!) y le entregó á un Consejo que impuso al revoltoso la pena de muerte, la cual, por influencia de los más poderosos magnates de Castilla, se le conmutó en destierro perpétuo de la provincia cordobesa, confiscacion de bienes y demolicion de la fortaleza de Montilla, aquella fortaleza que habia sido cuna de los héroes de Sierra Bermeja y de Cerignola, Don Alonso y D. Gonzalo de Córdoba (1).

(1) Varios nobles de Córdoba, que habian tomado parte en la sedicion, fueron decapitados, y algunos vecinos, del estado llano, ahorcados.--El jóven conde de Cabra tambien pudo salvarse, quizá por no haberse comprometido demasiado, y algun tiempo despues contraio matrimonio con la hija única del

Así, procediendo enérgicamente, con excesiva dureza, contra los nobles rebeldes, y mostrándose afable y siempre discreto con los humildes, hasta olvidar las indignas veleidades de hombres como Garcilaso de la Vega y el conde de Benavente, á quienes admitió en su gracia, el Rey Católico sostuvo con mano firme las riendas del gobierno en el segundo, y no exento de gloria, período de su regencia (1).

Gran Capitan, Elvira, la que acompañó á su heróico padre á la segunda guerra de Italia.—Sabido es que Don Fernando pidió á Gonzalo de Córdoba la mano de su hija Elvira, heredera riquísima, de un nombre glorioso, para su nieto Don Juan de Aragon, hijo natural del arzobispo de Zaragoza, Don Alonso, el cual era, como ya hemos dicho en lugar oportuno, hijo ilegítimo del monarca; mas el Gran Capitan, con noble entereza se la negó, concediéndosela por entónces, en Búrgos, al Condestable de Castilla Don Bernardino de Velasco, el cual, sin embargo, no llegó á ser esposo de doña Elvira. (1) Hemos dicho que el marqués de Priego encerró en los calabozos de su castillo de Montilla, al bachiller Hernan Gomez de Herrera, alcalde de casa y cór. te de Búrgos, y emisario del monarca para intimará aquel magnate la órden de someterse á la voluntad Real. Pues bien: en el próximo tomo de esta seccion de la Biblioteca, titulado Comunidades, Germanías y

Llegaba entónces don Fernando á Castilla, rodeado del esplendor de las victorias que las armas de Gonzalo de Córdoba habian ganado en Italia, donde se le consideraba (dice el florentino Guicciardini) «como un Rey glorioso, venerable por su fama de ser prudente, cristianísimo y amante devoto de la justicia, con la cual gobernaba sus Estados.»

Y no sólo sus antiguos partidarios, y áun muchos magnates que figuraban en el bando opuesto, como el interesado conde de Benavente, se habian sometido gustosos al nuevo Regente del Reino, sino que las ciudades y villas, dando al olvido sus resentimientos, que no eran infundados desde el matrimonio del viudo de la gran reina Isabel la Católica, con la frívola Germana de Fox, le acogieron con júbilo, y le aclamaron y reconocieron como salvador de la patria.

III.

Dicen algunos historiadores modernos, que

Asonadas, verán nuestros lectores que ese mismo alcal. de Herrera, desdichado en sus embajadas, fué tambien preso por el famoso obispo de Zamora Don Antonio de Antonio de Acuña, apaleado bárbaramente y encerrado, con el alcalde Ronquillo, en los sótanos de la fortaleza de Fermoselle.

el arzobispo Jimenez de Cisneros fué el inspirador verdadero de las medidas de rigor que el Rey Católico empleó con los revoltosos magnates, y esta afirmacion sólo descansa en algun dicho de Zurita, historiador un tanto alejado de los sucesos, que consideró con alguna prevencion los actos públicos del prelado toledano, en quien sólo veia un ambicioso no vulgar, «que tenía corazon más de rey que de fraile.» Pero esta embozada acusacion del analista

aragonés, envuelve en realidad el más cumplido. elogio del insigne arzobispo, porque toda la ambicion de Jimenez de Cisneros, «todo su corazon de rey más que de fraile, » estaban siempre al servicio de la patria, no en favor de su medro personal: pobre monje franciscano era cuando la Reina Católica le dió el alto y doble cargo de confesor y consejero íntimo suyo; toscos sayales vestia en medio de los esplendores de la córte más fastuosa y opulenta de Europa, cuando la misma Reina Católica, á despecho de su marido, pidió secretamente al Papa Alejandro VI que confiriese á Cisneros el palio de arzobispo y la codiciada dignidad, por su poderío (1), de primado de España y canciller mayor (1) La Silla primada de Toledo tenía entónces una renta de 8o. ooo ducados, equivalente á la enor

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