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Al año profesó, y entónces, en honor del Seráfico Patriarca de Asís, cambió su nombre de Gonzalo por el de Francisco.

Era presbítero desde ántes de regresar de Roma, y su fama de virtud y sabiduría llegó á extenderse tanto, para mortificacion de la humildad del fraile, que éste solicitó y obtuvo permiso del guardian de San Juan de los Reyes para retirarse al desierto del Castañar; allí, cer. ca del convento (hoy en ruinas) de aquella soledad espantosa, vivió tres años con las mayores penitencias y privaciones, extenuado de cuerpo y exaltada su alma con deleites espirituales que siempre recordó despues, en medio de los esplendores de la córte, lleno de satisfaccion y dulcísimo anhelo; fué luego trasladado al convento de Salceda (I), y elegido poco más tarde guardian ó prior del mismo, no obstante su resistencia á desempeñar todo cargo que le elevara sobre sus hermanos de comunidad y de humilde paciencia.

(1) En el yermo de Salceda, cerca de Guadalajara, existia el convento de franciscanos, edificio sólido y de buena construccion, del que hoy no quedan sino ruinas. Allí tambien moró algun tiempo Don Pedro Gonzalez de Mendoza, cuando era obispo de Sigüenza.

EL CARDENAL JIMENEZ DE CISNERos. 2

III.

En el año 1492, Fr. Hernando de Tala vera, habiendo sido elevado al alto puesto de primer arzobispo de Granada, dejó vacante el dificil cargo de confesor de la Reina Católica,

La eleccion era difícil: no sólo Doña Isabel tenía un talento muy superior á las primeras damas de su época, sino que, profundamente religiosa, respetaba en el confesor al director de su conciencia y al consejero intimo en los asuntos de gobierno que se relacionaban, más ó ménos directamente, con la religion que profesaba.

Fué consultado Mendoza, ya cardenal de España y arzobispo de Toledo, y entonces se acordó este prelado del hombre virtuoso y humilde que desempeñó en Sigüenza la capellania mayor de la catedral: recomendóle eficazmente á la Reina, y trascurridas algunas semanas, el guardian de Salceda recibió un llamamiento del cardenal para Valladolid, donde estaba la Cór. te, y acudió, siempre obediente, á la entrevista que le pedia su antiguo protector Gonzalez de Mendoza: «como si hubiera sido casualmente, (dice el autor de De Rebus gestis), como el cardenal vivia en palacio, fué llevado Jimenez de

Cisneros á la Cámara Real, y hallóse de pronto en presencia de la Reina Isabel; y sin inmutarse, sereno y digno, saludó respetuosamente á la Señora, y respondió sin vacilacion y con sobrie. dad á las preguntas que se le dirigieron, mostrándose tan discreto, tan piadoso y tan humilde, que la Reina se manifestó muy contenta, y felicitó al cardenal por habérsele presentado.»

A los diez dias, Jimenez de Cisneros fué nombrado confesor y director espiritual de la Reina Católica, y sólo aceptó este codiciado cargo, á condicion de que en el palacio habria de observar las reglas de su Orden, vistiendo el tosco sayal de franciscano y habitando en celda estrecha y miserable, con una tarima por lecho y duro pan por todo alimento.

Allí, en la fastuosa córte de los Reyes Católicos, aquel fraile franciscano, de semblante demacrado y pálido, ojos hundidos y brillantes, ancha frente, vestido de paño burdo, llevando en la mano derecha el báculo de su dignidad en el convento de Salceda, y en la mano izquierda un Breviario, aparecióse de repente á los mundanos clérigos de la época (sin exceptuar al mismo cardenal Mendoza), «como la imágen viva (dice el testigo presencial Pedro Mártir), de los primeros cenobitas de la Tebaida, Hilarion y Pablo.»

Desde entonces comienza la carrera asombrosa de aquel hombre extraordinario en la córte de Castilla, y la menor de sus empresas exige un libro: comenzó por la reforma de las Ordenes religiosas, á despecho de los provincia. les tolerantes, y áun mundanos, que entonces las gobernaban, y que era tan necesaria para la mayor pureza de la religion y la moralidad, y concluyó por la regencia y gobernacion del reino de Castilla, en nombre del jóven príncipe que habia de ser, andando el tiempo, el emperador Cárlos V.

CAPITULO II.

Cisneros, arzobispo de Toledo.-Reforma de las Ordenes re

ligiosas.-Cisneros en Granada.-Predicacion á los moros granadinos.-El famoso Auto de Fé de los libros ma. hometanos.

I.

Preciso es confesar que el génio de Cisneros en las dos primeras veces que intervino en los asuntos públicos de España, tuvo que luchar con grandes contrariedades y vencer obstácu. los que parecian insuperables: porque si grandes, si casi insuperables fueron unas y otros en la magna empresa de eforma de las Ordenes

religiosas, mayores todavía se presentaron á su afanoso empeño, á su incontrastable propósito de conseguir la conversion de los moros granadinos a la religion católica.

No hay historiador de aquella época gloriosa para nuestra patria, que deje de prodigar alabanzas al gran reformador de las Ordenes monásticas, no sólo por la misma reforma, que tanto bien habia de producir á la Iglesia y al Estado, sino por la energía, el teson, la admi.. rable constancia y firme carácter con que

el fraile franciscano, aunque fuese ya entonces arzobispo de Toledo, luchó incesantemente, por espacio de tres años, contra el inmenso poderíc de aquellas asociaciones religiosas, y áun contra el mismo pontífice Alejandro VI y sus dele. gados apostólicos en la corte de los Reyes Ca tólicos, hasta dar completa cima á su plan mo ralizador y digno.

Pero, en cambio, apenas hay historiador anti guo (y no habrá uno siquiera de los tiempos modernos) que deje de censurarle acremente, quizás con cruel dureza, por las medidas que adop tó en Granada para la conversion de los vencidos moros: el que ménos, como Lafuente, califi ca de «violentas» aquellas medidas, ó consigna, como Prescott, que habiéndolas adoptado, «ma nifestó profundo desprecio hacia los más bb

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