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denodados montañeses, el dia 12 de Febrero: el ataque fué vigoroso y el asalto casi inmediato; la bandera de Castilla apareció bien pronto en los adarves de las murallas, sostenida por

el poderoso brazo de Gonzalo de Córdoba, que fué el primero, tan bizarro soldado como inteligente caudillo, que entró en la plaza sublevada; el degüello, el saqueo, el incendio, y la escla. vitud para las mujeres y los niños, segun bárbara costumbre de aquellos aún rudísimos tiempos, fueron la consecuencia del asalto.

El rey Don Fernando, que residia, como he. mos dicho, en Sevilla, juntó en breves dias un ejército poderoso (que algun escritor contemporáneo (1) hace subir á 80.000 infantes y 15.000 ginetes), en el cual figuraban tambien muchos capitanes de la guerra de Granada, como el alcaide de los Donceles, Don Diego Fernandez de Córdoba, el defensor de Lucena; el ilustre conde de Cifuentes, Don Juan de Silva; el comendador mayor de Leon, Don Gutierre de Cárdenas, y otros muchos: subieron, por fragosos caminos, que los moros no supieron defender, á las alturas que dominan á Lanja

(1) Así lo dice Pedro Mártir en su Epístola CCXV; pero la cifra parece exajerada. Pilococ la rechaza, y Lafuente guarda silencio.

ron, el castillo más fuerte de la sierra meridional de Granada, el que habia resistido pocos años ántes con altanera soberbia á las armas del intrépido El Zagal, y atacándole con irresistible empuje, aunque los sitiados ofrecieron desde luégo muestras de gran desaliento, le tomaron al asalto en la tarde del 8 de Marzo. La tercer columna, en fin, mandada por un magnate navarro al servicio de Castilla, el conde de Lerin Don Luis de Beamont, (1) se apoderó sucesivamente de varias fortalezas de los rebeldes, Andarax y Laujar entre otras, quedando vencida la insurreccion por la fuerza de las ar" mas, y por el castigo severo que los vencedores impusieron á los vencidos, en el breve espacio de dos meses. Entónces, á la vista de estos graves sucesos, la opinion del prelado toledano Jimenez de Cisneros fué la dominante en la poblacion cristiana: era necesario imponerse á aquellos inquietos moros, que habian infringido con su

(1) Este Conde de Lerin fué luégo, en los postreros años de la independencia de Navarra, jefe del partido beamontés, adversario del famoso mosen Pierres de Peralta, que era jefe del partido agramontés. Sabido es que aquéllos favorecieron las aspiraciones de los Reyes Católicos á la conquista de Navarra.

rebelion las cláusulas de las capitulaciones, haciéndose acreedores á medidas de rigor por la propia seguridad del Estado; y más todavía si se tiene en cuenta (lo consigna el cronista e Bernaldez, lo repite Pedro Mártir, y lo admite como muy probable Prescott)que «los subleva. dos de las Alpujarras y de la serranía de Ronda sostenian correspondencia con sus hermanos del otro lado del Estrecho, á fin de obtener su apoyo» (1). Así, que los Reyes Católicos, habiendo concedido el perdon más completo á los sublevados que se rindieron voluntariamente, despues

(1) Más explícito, á pesar de su elegante concision, es Hurtado de Mendoza, el hijo del conde de Tendilla. Al referir el segundo levantamiento de las Alpujarras, dice: «Años habia que trataban de entregar el reino á los príncipes de Berbería, ó al turco; mas la grandeza del negocio.... el poder grande del emperador y del rey Felipe su hijo enfrenaba las asperezas é imposibilitaba las resoluciones.»—Y más adelante, añade: «Habian ya muchos años ántes enviado á solicitar con personas ciertas, no solamente á los príncipes de Berbería, más al Emperador de los turcos dentro en Constantinopla, que los socorriese y sacase de servidumbre, y postreramente al rey de Argel pedido armada de Levante y Poniente en su favor....»-Guerra de Granada, lib. I, págs. 12 y 13.

de la toma de aquellas plazas á viva fuerza, no sin que fuera mediador de los vencidos el caballeroso Gonzalo de Córdoba, adoptaron opor. tunas disposiciones (dice franca y lealmente Prescott) para asegurar la tranquilidad de modo estable y duradero, introduciendo el cristianismo en los pueblos y aldeas de la comarca, sin lo cual nunca podria esperarse que los moros profesaran á sus nuevos gobernantes el necesario afecto; ó lo que es igual, nunca podria esperarse que dejaran de conspirar contra España, y en favor de su perdida independencia patria.

CAPITULO IV,

La rebelion en Sierra Bermeja.--Expedicion del conde de

Cifuentes. - Ataque de los cristianos en la sierra.--Noche triste.-Muerte de Don Alonso de Aguilar.- Desastre de los cristianos. - Decreto de los Reyes Católicos.- Notable texto del hijo del conde de Tendilla. .

I.

De tan diversa manera ha sido juzgada por la crítica moderna esta primera sublevacion de los moros granadinos, que no ha faltado quien, condenando severamente al arzobispo Jimenez de Cisneros, acusándole de fanático, y áun acri.

minándole como hombre inculto y descaradamente egoista, escriba frases de lamentacion y pena por la suerte de los vencidos; ó lo que es igual, hablando en puridad, porque las armas del conde de Tendilla y de Gonzalo de Córdoba, y las del Rey Don Fernando y el conde de Lerin, no hubieran sufrido fatales descalabros en las jornadas y ataques de Guejar, Lanjaron, Andarax y demás pueblos rebeldes de la comarca alpujarreña.

Hemos llegado á unos tiempos, en que hombres que se califican de doctos, de grandes pensadores, sienten en el alma que haya desaparecido del suelo de nuestra patria la raza de los vencidos en Granada: se acuerdan de los esplendores del califato de Occidente, de las academias de Córdoba, de los palacios y jardines de Azahara, y se olvidan, al parecer, de la degradacion presente de los pueblos mahometanos, de la bajeza hedionda y grosera del imperio turco, de la abyeccion de los egipcios, de los tunecinos, de los marroquíes, de todos los pueblos mahometanos.

Aun prescindiendo de la corona de laurel eterno que ilustra la historia de la patria española, de la independencia y libertad de una nacion que merece ser libre é independiente, y que tiene derecho á serlo despues de ocho si

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