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yan recomendado á una hembra como inmediata sucesora á la corona» (1). Quedaron, pues, reconocidos y jurados como herederos de los Reyes Católicos y sucesores suyos, en la doble corona de Castilla y de Aragon, la princesa Doña Juana y su esposo el ar— chiduque Felipe de Austria, apellidado el Hermoso: ella, que había de ser Reina propietaria de un Estado poderoso y floreciente, dominada ya por las aberraciones mentales que la han dado en la historia el sobrenombre de Doña Juana la Loca; él, que habia de heredar tambien un vasto imperio, príncipe de costumbres ligeras y no muy edificantes, lleno de ambicion, indiferente ante los humillantes desaires que el Rey de Francia habia inferido á su mismo padre, é irrespetuoso para con los padres de su desventurada mujer, la princesa Doña Juana. Sentados estos antedentes, necesarios para la mejor explicacion de los sucesos que hemos de referir en los capitulos sucesivos, y haciendo caso omiso del convenio de Lyon, ajustado entre el Rey Luis XII y el archiduque Felipe,

(1) Asi lo explican los analistas Carvajal, Abarca, Garibay y Sandoval, y el escritor aragonés Jerónimo Blancas, quien describe ámpliamente la ceremonia del reconocimiento de Doña Juana,

y no sancionado por el rey Don Fernando el Católico (1), y omitiendo otros hechos interesantísimos, que no se relacionan directamente con nuestro objeto, en el presente libro, pero que exigen un libro especial, llegamos a la tarde del infausto dia 26 de Noviembre de 1504, en que exhaló su postrimer aliento la magnáni. ma reina Doña Isabel I la Católica: en la plaza mayor de Medina del Campo (2), sobre un cadalso levantado apresuradamente por orden del rey Don Fernando, quien anhelaba dar cumplimiento inmediato a la postrera voluntad de la que fué compañera de su vida y de su trono, por espacio de treinta y cinco años, aquel afligido monarca hizo renuncia del título de rey de Castilla que hasta entonces habia tenido; proclamó como reina propietaria á su hija Doña Juana, y se presentó en el acto como regente y gobernador del Reino; los magnates, prelados y nobles que rodeaban al soberano, le

(1) El Tratado se firmó en Lyon, el 5 de Abril de 1503. No le dió cumplimiento Gonzalo de Córdo. ba, y pocos dias despues, el 28, ganaba la brillante victoria de Cerignola.

(2) Prescott dice que fué en Toledo, sin reparar en que, pocas líneas ántes, consigna que Doña Isabel I falleció en Medina del Campo.

prestaron reconocimiento, y los farautes alzaron pendones por la nueva reina de Castilla y de Leon, y por su marido el archiduque don Felipe

CAPÍTULO VI.

Mudanza en el carácter de Don Fernando.- Crítica situa.

cion del Rey Católico y su casamiento con Germana de Fox.-Tratado de Bloix.-Llegada de los archiduques á la Coruña.-Entrevista en el Remesal.

Arranque del ar zobispo Cisneros.-Renuncia de Villafáfila.--Retírase Don Fernando á Italia.

I.

Es indudable que el carácter y áun la conducta pública del rey Don Fernando empezaron á sufrir, desde la época que estamos describiendo, la mudanza, la trasformacion que convienen todos los historiadores en señalar con detalles bien marcados: no eran para menos, en verdad, los amargos desengaños que recibió en poco tiempo aquel monarca; la conducta ambiciosa, desatentada y áun desleal de su yerno el archiduque Felipe, quien, por la notoria y desgraciada incapacidad de su esposa, la nueva Reina Doña Juana, habia de empuñar las riendas del Gobierno, para manejarlas á su antojo; y más que todo, bien se puede asegurar, la defec

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cion de muchos magnates que debian su encumbramiento á la magnanimidad de los Reyes Católicos, tales como el embajador en Viena Don Juan Manuel, señor de Belmonte, que se apoderó en absoluto del ánimo y la voluntad del marido de Doña Juana; Garcilaso de la Vega, el que habia sido valeroso capitan en la guerra de Granada y hábil diplomático en la córte del depravado pontífice Alejandro VI; el duque de Nájera, el marqués de Villena y otros, cuyos Estados sufrian gran mengua con la supresion, (por cláusula especial del testamento de la Reina Católica), de los oficios supérfluos de la Casa Real, y la anulacion de numerosas mercedes que habia hecho la corona en momentos críticos para la causa de la legitimidad, y «por necesidades é importunidades, y no de su libre voluntad.» Faltaba además al rey Don Fernando el ángel tutelar que le habia guiado con tanta firmeza y ventura por el camino de la prosperidad y la gloria, durante un largo y difícil reinado: faltábale su esposa la reina Doña Isabel. Pero si tal mudanza de carácter se presenta bien delineada hácia esta época, no es posible admitir la opinion general de los historiadores franceses (fundada sólo en el despecho), que califican al Rey Católico de hipócrita, egoista,

avaro, injusto, pérfido: formaba contraste, ciertamente, el carácter de Don Fernando con el de su excelsa esposa la reina Doña Isabel, porque esta señora (dice con razon un historiador extranjero), «era toda magnanimidad, toda desinterés, toda profunda adhesion al bienestar de su pueblo, » y como ella «en mil años (escribió el loyal serviteur, el caballero Bayardo), no se habria sentado en trono ninguna Reina;» pero basta leer el elogio que le dedica Prescott, escritor más desapasionado en este punto (aunque no en otros) que los franceses, para convencerse de que el rey Don Fernando no merece tan humillantes é injustos epítetos.

«Hallaremos (dice el historiador norte-ameri. cano) mucho que admirar en su carácter: su imparcial justicia en la aplicacion de las leyes; su solicitud y esmero en proteger al débil con. tra el fuerte; su prudente economía, con la que obtuvo los más sorprendentes resultados; su sobriedad y templanza; el decoro y respeto á la religion que mantuvo siempre entre sus súbdi. tos; la proteccion que concedió á la industria con ley es laudables, y con, su propio ejemplo, y su consumada prudencia, finalmente, que coronó todas sus empresas con los resultados más brillantes, y que lo hizo el oráculo de los prínepes de su «empo.»

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