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ESPAÑA

EN EL SIGLO XIX

SUCESOS POLÍTICOS, ECONÓMICOS, SOCIALES Y ARTÍSTICOS, ACAECIDOS

DURANTE EL MISMO.
DETALLADA NARRACIÓN DE SUS ACONTECIMIENTOS Y

EXTENSO JUICIO CRÍTICO DE SUS HOMBRES,

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Parter 8-4-52 80131

CAPÍTULO XVII

Situación de América. - Sus quejas. — Conducta de la Junta central y de la Regencia. – La

Infanta Carlota. -- Buenos Aires. — Liniers y Elio. - El 1." de Enero de 1809. — Don Baltasar Hidalgo de Cisneros. — Instrucciones que llevaba. -- Reunión de jefes de las milicias. — Sublevaciones de Charcas y la Paz. - Libertad comercial.- El bandolerismo y el duelo. - Sociedad secreta. - El 18 de Mayo. — La asamblea del 22. -- Castelli, Villota, Passo. – Vacilaciones del Ayuntamiento. — Ultimátum de los revolucionarios. — Nueva Junta popular.- Propaganda revolucionaria. - Paraguay y Montevideo. – Deportación del virrey y de los oidores de la Audiencia. - La Junta forma un ejército. - Ocampo. - Situación de Liniers. -- Fusilamientos. — Acciones de Cotagaita y Sinpacha. - Nuevos fusilamientos. — Acción en la pampa de Aronca. -- La Paz se adhiere å la Junta de Buenos Aires. – Belgrano contra el Paraguay, Capitulación. - Bloqueo de Buenos Aires. — Elio. - Escuadrilla revolucionaria.-- Belgrano depuesto.

Determinaron los sucesos de la Península hondas perturbaciones en toda América.

La desdichada política colonial de nuestros Reyes había, inconscientemente, fomentado justo descontento.

Sin Reyes la Nación, pudieron los americanos alentar la esperanza de una variación de conducta en la metrópoli.

Después de las saludables advertencias del Conde de Aranda y de los sucesos que luego confirmaron sus previsiones, parecia natural que nuestros gobiernos hubiesen meditado más la actitud que convenia adoptar respecto de nuestros hermanos de allende los mares.

Estudiar sus quejas hubiera sido patriótico. Igualarlos absolutamente á nosotros, acto de justicia.

Algo de esto pensó hacerse, algo se inició en decretos y manifiestos; pero se hizo tarde y, ¿por qué no decirlo?, se hizo más fiando al efecto de las palabras halagadoras y de las promesas inconcretas que en la elocuencia de los hechos.

Depuestos nuestros Monarcas, tanto por sus errores y sus flaquezas como por los ardides de la napoleónica astucia, invadida la Nación por extranjero ejército, entregadas á sí mismas las provincias, interrumpido, sino caducado el poder de la realeza, ¿no aconsejaba lo anormal de las circunstancias que procurásemos por todos los medios identificar con nuestra causa la causa de América ?

Las Cortes que más tarde se convocó consagraron el principio de la soberanía nacional, pero ese principio, mucho antes que en el decreto de 24 de Septiembre de 1810, había sido implantado de hecho por la Nación misma. El decreto no fué más que una consecuencia, no fué más que una confirmación. La Nación se había declarado soberana, asumiendo la soberania y ejerciéndola desde que se habían constituído las primeras Juntas.

Y cuando en la Peninsula obrábamos asi y cuando eso era aqui lo patriótico, porque sin eso España hubiera dejado de ser por qué la parte de nuestra Patria de allende el mar habia de tenerse por de peor condición? ¿por qué la soberanía de la Nación había de terminar en las costas de la Península? Aunque los americanos no hubiesen tenido, que los tenían, agravios recibidos de nosotros, aunque el descontento producido por pretericiones y desdenes y perjuicios, no nos hubiese podido hacer temer disturbios allá, debimos procurar desde el primer instante estrechar los lazos de unión y de fraternidad con los ultramarinos. Hasta nuestro egoísmo lo aconsejaba así. Necesitábamos de ellos más que ellos de nosotros. Veianse ellos libres de la invasión que nosotros y nos habían de auxiliar generosamente.

No era, no, después de nuestras imprevisiones, nuestro pleito en América buen pleito; pero hubiéramos podido impetrar mejor sentimientos de hidalguía, conduciéndonos con más lógica. ¿Era posible que cuando todo estaba en España desquiciado y en desorden, conservaran su autoridad nuestros virreyes y nuestros gobernadores? .

Sin rey España, sin rey estaba América. Si la fuente de todo poder era la persona del Monarca, después de las conferencias de Bayona la situación de americanos y peninsulares era idéntica. Juntas populares substituyeron aquí á las autoridades del Rey caido, Juntas populares debieron allí substituirlas. No era posible pretender que los trastornos por que pasaba la Nación, lo fueran solamente para la Península; no era posible pretender que la abdicación de Carlos IV, la proclamación de Fernando VII, las renuncias de uno y otro en Napoleón, el nombramiento de José y el alzamiento de la Nación contra el intruso, fuesen acontecimientos sólo para un trozo de la Nación. Los virreyes, los gobernadores, las autoridades nombradas por Carlos IV, necesitaban, para seguirlo siendo, de confirmación. Se hallaba América en idéntica situación política que la metrópoli.

Se pretendió, sin embargo, el absurdo de que lo que eran hechos aqui, dejaran de serlo alli; se pretendió hacer de aquella porción de la Patria, un mundo aparte, y lo que podia separarse con el pensamiento, no podia separarse en la realidad.

La Junta central continuó los errores inveterados, en la Regencia no tuvo América representación sino en una quinta parte, en las Cortes los representantes americanos fueron muchos menos de los que debieron ser.

- Quejá banse principalmente los americanos de la injusticia con que se les gobernaba y de la iniquidad de la legislación comercial que esterilizaba su actividad y la potencia productora de sus feracísimos territorios.

Ni la Central ni la Regencia dieron, respecto del primer extremo, lugar siquiera á la esperanza.

Las reformas económicas no llegaron tampoco.

Incoó la Central un expediente, que llegó á resolver la Regencia, decretando la libertad de comercio para América; pero la Junta de Cádiz, compuesta en su mayoría por comerciantes interesados en la continuación del monopolio con que tan bien les iba, protesto del acuerdo de la Regencia en términos que dejaban entrever hasta acusaciones de alta traición. Amilanóse vergonzosamente la Regencia y llegó su miedo á negar la paternidad del decreto y mandar hacer averiguaciones para descubrir y castigar á los autores del documento, que calificó de apócrifo. ¿Cómo no había de descorazonar tal conducta á los americanos?

Las disensiones, entre nosotros mismos frecuentes, debieron por otra parte contribuir no poco á aumentar la desconfianza que debimos inspirarles.

La misma familia real no daba ejemplo de edificante solidaridad.

La Infanta Doña Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII y esposa del Principe Regente de Portugal, emigrada al Brasil á consecuencia de la invasión francesa, se dirigió oficialmente á la mayor parte de los virreinatos españoles de América solicitando que se la reconociese representante y heredera de los monarcas españoles, como único vástago legítimo de la familia de Borbón, libre del yugo francés. Alegaba sin rebozo la Infanta el estado de abyección en que á su partida había dejado á los Reyes de España, y su temor de que Bonaparte tratase de apoderarse de la América.

En vano trata Torrente de disculpar á la Infanta. Su conducta no podia menos de parecer a los americanos reprensible.

Obtuvo la Infanta contestaciones negativas.

El cabildo de Buenos Aires protestó de su fidelidad a los Reyes de España y declaró que para defender los derechos de la metrópoli contra sus enemigos, cualesquiera que fuesen, disponía de los recursos necesarios y que, á no recibir reales órdenes de su Monarca natural, no admitiría la menor alteración en la forma constitucional de su gobierno, ni aún por el intermedio de la señora Infanta y Princesa del Brasil, cuya persona se respetaba como hija de sus Reyes, pero sin tenerla aún por incluida en el orden de sucesión y jerarquia que debía imperar en las colonias hispano-americanas. Agregaba el cabildo que si atentaba Napoleón contra el Rey de España ó le obligaba a pasar por renuncias indebidas, el virreinato de Buenos Aires seria fiel y sabría mantener la integridad de los dominios españoles en la casa de Borbón.

Se ve que toda la familia Borbón era igual y que ninguno de sus individuos se detenía en escrúpulos de ningun género cuando se trataba de intereses perso

Ice

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