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orden de prision y muerte contra el general don Francisco Ballesteros, que avisado á semejanza de los regentes se salvó embarcándose precipitadamente para nunca volver á la tierra patria. La compañía de alabarderos, que habia acompañado al rey á Cádiz, y mantenídose en la disciplina y aventajada epinion que gozaba, quedó disuelta por

decreto del mismo dia primero de Octubre á pocas

horas de haber llegado la familia real al Puerto
de Santa María, del mismo modo que en breve
tiempo se licenció el regimiento de zapadores mi-
nadores. La regencia realista, que habia enviado
al duque del Infantado, su presidente, para que se
apoderara del ánimo del rey, con quien estaba uni-
do por los antiguos vínculos de lo pasado, le en-
cargó que empeñara á Fernando en el plan de des-
truccion universal adoptado por ella y sugerido
por el obispo de Osma; y el presidente de la re-
gencia no necesitó grandes esfuerzos para mover
un corazon ardiente de venganza. No quisiéramos
hablar del de Osma, atizador furibundo de la
discordia, y que contribuyendo con todos sus es-
fuerzos á la creacion de la sociedad secreta del
Angel esterminador, preparó los días de luto que
lucieron en la banderizada monarquía. Tambien
firmó el monarca apenas pisó el Puerto la orden
para que las plazas fuertes que resistian todavía á
las huestes del realismo les abriesen sus puertas y
enarbolasen la bandera real.
Apenas circuló por las provincias la nue-
va de la salida del rey, y de la sancion que
habia impreso á los actos de la regencia de Ma-
drid, desencadenóse en todas partes, la plebe to-
cando á rebato contra los liberales, alentada con
el anatema lanzado contra ellos por el trono. Ha-
bia contenido hasta entonces á los menos osados el
temor del rumbo que adoptaria el monarca; mas

Fuga preciitada de Balesteros.

Furor del vulgo en los pueblos.

conocidos sus deseos, diéronse prisa los pueblos á satisfacerlos, apurando hasta las heces de la ven

ganza. Las cárceles, un tanto desahogadas con el

ordenamiento de Angulema en Andújar, rebosaron

otra vez de presos, encerrados por el capricho de los voluntarios realistas ó de sus parciales. Los mis

mos que habian insultado en los dias de la revolucion á los ciudadanos pacíficos y cantado el trága

la aclamaban ahora al rey absoluto, y atronaban

los aires con sus furiosos gritos. Un pañuelo verde

ó morado, un abanico del propio color bastaban

para concitar á los revoltosos y arrastrar á su due

ño, de cualquier sexo que fuese, á los calabozos. Hasta las mugeres de los realistas se creían autori

zadas para deprimir á las infelices esposas de los

milicianos nacionales, y les prodigaban los nombres

mas afrentosos y que mas lastiman los oidos de la virtud. Eclesiásticos ancianos é inocentes se veían arrebatados del lecho y sumidos en un encierro, donde pasaron años enteros sin tomarles declara

cion, por haber obtenido el nombramiento de su

curato en los maldecidos tres años, ó para colocar en lugar suyo algun corifeo furibundo de los que

trocaron el breviario por el puñal. Con tan tristes

obsequios celebraron las provincias la llamada libertad de Fernando, reproduciendo de este modo los aciagos tiempos de Tiberio. Y mezclando á la

crueldad y á la injusticia la deslumbradora hipo

Fiestas públicas por la saluda del rey.

cresía entonaban himnos de alabanza en los templos al Autor soberano de la naturaleza, y con la mano misma con que perseguian al inocente ele

vaban el holocausto. Todo era confusion y alegría:

las salvas, los repiques, las fachadas de los conventos iluminadas y entretejidas de vistosas telas,

el contínuo clamoreo de la muchedumbre, todo parecia anunciar el dia de la ventura; y sin em

bargo no era sino un estruendo pasagero concitado por el realismo para que no se oyesen los clamores y los sollozos de cien mil familias proscritas, de la flor del saber y del valor atropellados por el sacudimiento espantoso de las pasiones furibundas. A las once de la noche llegó á Zaragoza la apetecida nueva; y á las doce veíase ya la ciudad iluminada, y un pueblo inmenso habia corrido á la iglesia de nuestra Señora del Pilar á tributar el debido homenage al Dios de los cielos cantando con férvido entusiasmo el Te-Deum. No pertenecen al siglo en que vivimos las escenas de aquella época: los españoles en su delirio retrocedieron á mas remota edad por un portento de la naturaleza. El duque de Angulema hubiera querido en la Península un despotismo ilustrado y conciliador, porque como notaremos mas adelante, estos eran los deseos de la Santa Alianza, recelosa de que la licencia y la anarquía prolongasen la lucha, ó de

que á impulsos del despecho resucitase la libertad.

“ Nosotros, dice Chateaubriand (*), no podiamos dar á España por fuerza un gobierno constitucional como el nuestro; deseábamos que lo adoptase resucitando sus antiguas Cortes, y usamos del derecho que teniamos de aconsejar.” No concuerdan las palabras de Chateaubriand, ministro de Negocios estrangeros, con las de Martignac, comisario regio, cuando exagera las dificultades que habia para establecer las formas representativas en nuestra patria (*). Con este motivo cuenta, que hallándose en una de las mas brillantes reuniones de Madrid donde figuraban altos personages, y combatiendo la señora de la casa el proyecto de dará España la carta francesa, dijo aquella á Martignac: “Quisiera saber, por ejemplo, de qué elementos se compondria en ese caso la cámara de los Pares.— De la grandeza, respondió el comisario regio.—¿De la grandeza? replicó la dama vuelva

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(o Ap. lib. 12.

núm. 3

Carta de Luis XVIII á Fermando.

bre la siguiente respuesta.

usted los ojos á mi marido, y figelos usted en
mi suegro, y si con esos materiales cimenta usted
la cámara de los Pares, habrá construido un edi-
ficio sólido.” Aludía el apóstrofe de la española á
la Constitucion débil y raquítica de sus parientes y
de algunos grandes; pero pasando por alto el des-
doro y vileza de la que mancillaba á los suyos por
solo defender el despotismo, cáusanos admiracion
que el historiador francés quiera deducir de este
hecho argumentos en favor del sistema seguido por
su gobierno. Ni todos los grandes de España vivian
entonces en Madrid, ni el espíritu se mide por las
proporciones fisicas del individuo, ni los españoles
de elevada esfera olvidaron sus deberes en la guer-
ra de la independencia, ni en la que en estos mo-
mentos desgarra el seno de la patria. No obstante
que el gabinete de las Tullerías desatendió su ver-
dadera mision, que era desterrar para siempre del
mando á los partidos estremos, y consolidar la u-
nion por medio de instituciones acomodadas á las
suyas, no por eso echó en olvido los consejos de
la prudencia y de la templanza. Luego que Luis
XVIII se enteró del tortuoso rumbo que Fernando
habia señalado á la nave del Estado ordenó que
el embajador francés trabajase sin descanso para
aplacar las vengativas miras del monarca hispano.
Salido éste de Cádiz escribió al de Francia ma-
nifestándole su gratitud, y Luis XVIII, aprove-
chando la ocasion, le dirigió á últimos de Octu-
- s
o Hermano mio. Uno de los momentos mas fe-,
lices de mi vida fue aquel en que supe que el cie-
lo habia bendecido mis armas, y que por los es-
fuerzos del digno gefe colocado á la cabeza de mis
valientes soldados, de ese hijo de mí eleccion, ho-
nor de mi corona y gloria de la Francia, habia
V. M. recobrado el amor de los pueblos. La mano

de la Providencia ha sido visible en estos acontecimientos; y á aquel que protege á los reyes es á quien debemos atribuir con el mas vivo reconocimiento un éxito tan pronto y tan brillante.

» Desde hoy mi mision concluye, y comienza la vuestra: debeis dar el reposo y la felicidad á vuestros vasallos. Sino tuviera como gefe de mi casa el derecho de hablar á V. M. sinceramente, mis años, mi esperiencia y mis dilatados infortunios me impondrian este deber. Como V. M. he recobrado mi poder real despues de una revolucion; á ejemplo de nuestro abuelo Henrique IV, he perdonado á aquellos que se habian estraviado en tiempos dificiles, y que confiados en la indulgencia de su soberano, se apresurasen á reparar sus errores. V. M. conocerá cuán peligroso es convencer á clases enteras de hombres á quienes no hay medio de borrar el recuerdo de su debilidad. Los príncipes cristianos no deben reinar por medio de proscripciones; ellas deshonran las revoluciones, y por ellas los súbditos perseguidos vuelven pronto ó tarde á buscar un abrigo en la autoridad paternal de sus soberanos legítimos. Creo pues que un decreto de amnistía sería tan útil á los intereses de V. M. como á los de su reino.

» V. M. juzgó que las dilatadas conmociones políticas y la anarquía de las guerras civiles debilitan las instituciones relajando los lazos de la sociedad; me pareció que estabais penetrado de esta verdad al escribirme vuestra carta particular de 23 de Julio de 1822; desechábais los sistemas peligrosos, las teorías democráticas, esas funestas innovaciones que tanto han trabajado la Europa; pero queríais buscar en las antiguas instituciones de España el medio de contener á los pueblos, y de asegurar la corona en vuestra cabeza. Si persistis en tan noble preyecto, no tardareis en ver fijas en

T, IIl. 22

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