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desde la abolicion de los fueros, y que trasmitida de generacion en generacion no se habia podido estinguir en el espacio de un siglo, no podia permanecer tranquila en la terrible conmocion que sordamente agitaba á las provincias de la península , y cuyas primeras esplosiones se hicieran ya sentir en Aranjuez. Los valencianos habian mirado con horror la invasion de las legiones del imperio francés, y preparados á rechazar aquella violencia, solo esperaban coyuntura para levantarse en masa, y un gefe que dirigiera su movimiento.

Antes de dar comienzo á la narracion de los importantes acontecimientos que la historia de Valencia ofrece á la posteridad, y que abren para nosotros una inmensa era de desgracias y de triunfos, de lágrimas y de coronas en la misma cuna del siglo XIX, creemos conveniente presentar desde luego en escena dos personages que desde entonces hasta el dia han ocupado un lugar muy especial en cuantos sucesos han ocurrido en nuestra capital, y cuyos nombres son bien conocidos en España; D. Vicente y Don Manuel Bertran de Lis. Confundida la familia, que dió su apellido á estos hombres históricos, en la clase del pueblo, pero que por su posicion industrial se habia colocado en una altura que la hacia notable, disfrutaba de una influencia omnímoda en las masas desde los acontecimientos producidos por el intentado alistamiento de milicias provinciales y anteriormente por la sedicion que causó en Valencia la noticia de la revolucion francesa. Vicente Bertran, en particular, por sus relaciones con el ayuntamiento y por los servicios que habia prestado en diferentes ocasiones apremiantes á la municipalidad, conservaba un gran prestigio en la multitud que muy compacta en aquella época formaba el pueblo valenciano. Dedicado á sus negocios y dotado de un criterio poco comun en la clase á que pertenecía, se hallaba en la perspectiva que ocupaba entonces la ansiedad general; cuando en la época que describimos, uno de sus parientes que residía en Madrid, muy relacionado con los individuos de la camarilla desde los sucesos del Escorial y cuya actividad era eficaz y continua, le escribió asegurándole que Murat se negaba á reconocer á Fernando VII por rey de España, porque habia sido proclamado tumultuariamente y solo en la capital de la monarquía; añadiendo que en su concepto era oportuno promover en Valencia un pronunciamiento con una esposicion de su ayuntamiento felicitando á S. M. por su advenimiento al trono, y ofreciéndole su cooperacion para asegurarle en él, á fin de que esto sirviera de egemplo á las demás provincias. Aceptada con gusto esta idea , se dirigió Bertran al síndico personero D. Pedro Boigues y le comunicó el plan que se le indicaba desde la corte; porque lo hallaba muy conveniente en aquellas críticas circunstancias. El síndico, que no dudaba del influjo importante que la familia Bertran egercia en los casos de eleccion, se comprometió á presentar la proposicional cuerpo municipal, que la aprobó desde luego, no solo sin discusion, sino tambien con entusiasmo; pero dando despues lugar á varias reflexiones, que nos abstenemos de calificar, acordó suspender este mensage, temiendo las consecuencias de un paso que era dudoso hasta penetrar los proyectos de Napoleon. En vista de esto creyó Bertran que era llegado el caso de que el mismo síndico redactase la esposicion , y estendida con todo detenimiento, se recogieron las firmas de los clavarios de los gremios, de los prelados de las comunidades religiosas, y de los curas párrocos de las parroquias, sin que ninguno se negara á prestar su asentimiento al documento que se elevaba al trono en nombre del pueblo de Valencia. Dado este paso se dirigió Vicente Bertran á la corte en compañía del mismo Boigues costeando aquel este viage, pero dejando encargado á su hermano Manuel, cuyo carácter era firme, y cuya energía estaba acompañada de intrepidéz, preparase entre tanto un movimiento popular, con el objeto de solicitar del rey la salida de los franceses del territorio español, indicada tambien desde Madrid, dando con esto motivo para que el monarca la pudiera obtener del emperador. Llegados empero los dos comisionados á la corte, supieron en seguida que el rey habia salido para Bayona, y en su consecuencia pusieron la esposicion en manos del Sr. infante D. Antonio, cuando ya egercia de hecho el duque de Berg un poder ilimitado en la capital; de modo que apresuraron su regreso á Valencia, noticiosos de que se trataba de prenderles. Así que se presentaron en esta ciudad se dedicaron los Bertran á combinar el plan que debia producir el movimieuto, aprovechando para esto la influencia que tenían en los cuarteles denominados Ruzafa, Benimaclet, Campa na r y Patraix, donde contaban numerosos y decididos parciales. Poco tiempo bastó para que ambos hermanos comprometieran seiscientos hombres, á quienes se satisfacían ocho reales diarios hasta que llegara el momento de la revolucion. Repartieron armas secretamente, fabricáronse abundantes cartuchos, guardando en todo la mayor reserva por la poca confianza que inspiraba el capitan general conde de la Conquista; cuyas opiniones poco pronunciadas les obligaron á proceder con la mayor circunspeccion por no provocar un movimiento en que desgraciadamente se hubiera de verter sangre española. A pesar de la disposicion del pueblo, que solo esperaba una oportunidad para declararse contra los franceses, la revolucion caminaba con lentilud, procurando no obstante sus gefes esplorar la opinion de algunas personas notables, con el objeto de contar con poderosas simpatías. A este fin se valió Bertran del médico Don Timoteo del Olmo para sondear la opinion del teniente general Cagigal, que se hallaba entonces de cuartel en Valencia despues de la campaña del Rosellon. Las gestiones de Olmo no obtuvieron tan buen resultado como deseaban, porque si bien aquel gefe militar se habia declarado públicamente contra la invasion, rehusó sin embargo ponerse al frente del movimiento, escusándose con el estado delicado de su salud.

La noticia de los sangrientos acontecimientos del memorable dia dos de Mayo, que ha dejado tan profundos recuerdos en el corazon de la generacion actual, llegó oportunamente á Valencia, para reanimar la revolucion, que se presentaba moribunda , antes de nacer, por la negativa del general Cagigal; volviendo á revivir con nueva fuerza por la cooperacion de D. Joaquín Vidal y Don Vicente Gonzalez Moreno, capitan del regimiento de Saboga. Mientras los gefes, empero, preparaban el movimiento, dando á sus formas el carácter que en sus planes trataban de imprimir, y celebrando frecuentes reuniones ora en la celda del P. Rabanals, de la orden de Ntra. Sra. de la Merced, ora en la casa de Bertran, cuyas discusiones terminaron en otra , que se celebró numerosa y definitiva en Monte-Olivete, estalló inesperadamente la revolucion por accion espontánea del pueblo.

Era costumbre en aquella época acudir á la plaza de las Pasas los entusiastas defensores de la independencia española y los mas pronunciados enemigos de la invasion , con el objeto de leer todos los dias de correo las noticias que abundantemente les ofrecia la gaceta , satisfaciendo dos cuartos al encargado de sostener la suscricion. Como era consiguiente en aquella clase de reuniones, donde los artesanos y los labradores formaban la parte mas numerosa, no faltaban algunos que ó mas elocuentes ó mas audaces, comentaban las noticias, hacian cundir otras, y esponian sus opiniones con calor, con franqueza y con entusiasmo tambien. Entre estos se hicieron notables el P. Fr. Juan Martí, de la orden de S. Francisco y un paisano llamado Francisco Amorós y Roig, que con la lealtad española que caracteriza aquella revolucion, manifestaban sus principios, que en general no tenian otra tendencia que la de salvar al rey, y rechazar de nuestro territorio á los franceses. Sin miras personales, sin ambicion mezquina el pueblo valenciano se lanzó en la revolucion con una fe política, que apenas concebimos en nuestros dias, y los actos de sus primeros empujes llevan el sello de la union, de la sinceridad y del mas acrisolado patriotismo. ¿Pero quién puede contener el torrente, cuando engrosado por las lluvias y aguas de los montes que le circuyen, se derrama por una y otra ribera, salva los jardines, destroza los campos, y hace oir sus roncos bramidos, que los ecos reproducen de una manera temble? ¡si la revolucion de Valencia ofreció mucha sangre vertida con sentimiento, porque era sangre inocente, tambien presenta una justicia muy parecida á la venganza con que castigó aquellos crímenes la misma revolucion!

Valencia, no obstante, sin preveer ni la venganza ni los crímenes, esperaba con impaciencia el correo del veintitres de Mayo, que debia confirmar las funestas noticias que circulaban de continuo, cada vez mas alarmantes, mas ansiadas cada vez, desde las sangrientas escenas del dia dos del mismo mes. Ya desde el amanecer del dia veintitres se hallaba la plaza de las Pasas obstruida por una multitud de paisanos de todas clases, cuyas fisonomías espresaban la grave agitacion con que aguardaban ansiosos la llegada del correo, y con él los papeles oficiales del gobierno. Repartióse por fin la correspondencia , y empezóse la lectura de la gaceta , que contenia entre otros documentos la abdicacion de la corona á favor del emperador de los franceses. Apenas se habia concluido la lectura, cuando el sordo rumor del descontento interrumpió el profundo silencio que se observaba en torno del lector, y al escuchar la orden terminante en que se mandaba reconocer por rey de España á José Bonaparte, resonó el grito de aquella multitud repitiendo desesperadamente las voces de «¡viva Fernando Vil! ¡mueran los franceses!" Durante el tumulto que produjo la nueva inesperada, se oyó la voz del P. Juan Martí por una parte, y por otra la de Francisco Amorós, que con diferente lenguage cada uno escitaron, aumentaron y enardecieron aquellas masas exaltadas ya, que por uno de esos movimientos inspirados por las circunstancias y que se hallan siempre fuera del alcance de los planes mas bien combinados, se dirigieron á la cindadela, conservando aun la antigua costumbre que los valencianos habían tenido de acudir á aquella fortaleza , donde se hallaban las armas en depósito, y de que hacían uso en casos de importantes conflictos para la capital. No habian aun avistado las puertas de la cindadela, cuando avisado sin duda de su intencion el gobernador, despachó un ordenanza con algun parte para el capitan general; el cual se apresuró á reunir en seguida al conde de Cervellon y otras personas influyentes, dirigiéndose todos inmediatamente á la audiencia seguidos de la multitud, que engrosada en el tránsito por nuevos curiosos ó entusiastas, dejó por entonces el proyecto de entrar en la ciudadela con el objeto de apoderarse de las armas, y fue á constituirse delante de las oficinas de aquel tribunal, gritando de vez en cuando con todo el entusiasmo, que la inspiraba su misma posicion: «¡viva Fernando VII! ¡muera Bonaparte!"

El acuerdo comenzó desde luego á deliberar sobre la situacion que de una manera tan imponente se desplegaba al rededor, á la vista de un pueblo conmovido , y las complicadas circunstancias que se agitaban en todos los ángulos de la monarquía , mientras las masas que pululaban á la parte de fuera, esperaban con paciencia una resolucion. No es sin embargo el pueblo de Valencia el mas dispuesto á contar en la inaccion las largas horas que suelen invertirse en los debates, y apremiado por su genio ardiente, principió de nuevo á gritar. En esta confusion se acercó uno al P. Martí y le dijo con denuedo: «Padre, suba V. y diga á esos señores, que resuelvan pronto porque se nos apura la paciencia."

Llevado casi en brazos por aquella hacinada multitud, subió hasta la puerta de la sala, seguido de algunos mas intrépidos y del mismo Amorós, y obtenido el permiso para entrar, se abrió á la vista del pueblo aquel salon histórico, donde se hallaban reunidas las autoridades, y donde en otros tiempos se habian escuchado las mas sábias deliberaciones de los representantes de nuestros antiguos fueros. Imponente espectáculo ofreceria aquel sagrado recinto, cuyos muros cubiertos de retratos de los mas graves personajes, y cuyos magníficos artesonados nos recuerdan otros siglos,

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