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en Valencia la orden del gobierno, durante la privanza del príncipe de la Paz para el establecimiento en este reino de la milicia provincial. Valencia, lo mismo que los restantes pueblos de la antigua corona de Aragon, disfrutaban del privilegio de esta exencion desde el tiempo de Fernando é Isabel la Católica. Resistió Valencia, como hemos visto, este establecimiento y su privilegio le fue con efecto conservado. Durante estas convulsiones D. Miguel de Saavedra, baron de Albalat, que habia sido nombrado teniente coronel de uno de aquellos cuerpos, mostró el mayor empeño en que se llevase á efecto la orden de Godoy, y esta circunstancia no podia dejar de atraerle la animosidad del pueblo, cuyo encono, producido por esta causa, se aumentó mucho mas por un incidente todavía de mayor gravedad.

Proseguíase en la organizacion de la milicia á pesar de la resistencia abierta del pais, y dirigiéndose una noche la retreta hacia el cuartel del nuevo cuerpo situado en la plazuela de S. Jorge, se reunió un numeroso pueblo, que gritando desordenadamente llegó tambien hasta las puertas del cuartel. Saavedra, que por casualidad se hallaba dentro, temió un ataque y abriendo la puerta mandó hacer una descarga. El pueblo huyó en dispersion, y habiéndose recibido despues la orden para disolver las milicias, no tuvo este hecho trascendencia alguna. Debió sin embargo suceder una desgracia que nosotros no podemos marcar; pero como acontece en casos semejantes, circuló tal vez falsa la noticia de que habian resultado tres muertes, y aun se añadió que habian acabado de matar á sablazos uno que estaba herido de poca gravedad. Saavedra, caballero, rico, afable, generoso y popular gozaba antes de estos sucesos de singular prestigio; pero el hecho que referimos, le privó de su popularidad y le atrajo la animadversion de una multitud de gentes del pueblo.

El t rascurso del tiempo y el carácter benéfico é ilustrado del baron parecian haber disminuido aquellos recuerdos de venganza; mas el resultado probó que no se habia estinguido el encono en sus particulares enemigos, relacionados tal vez por amistad ó parentesco con los que habian sufrido alguna desgracia en el tumulto de la plaza de S. Jorge. Tal era la posicion del baron de Albalat al estallar en Valencia la revolucion de que nos ocupamos. Saavedra previo sin duda el peligro de que se veia amenazado durante los trastornos que podían agitar la capital, y tuvo por prudente retirarse á Requena para gozar tranquilamente del encanto que le ofrecia aquella población, por hallarse cerca de una dama, á quien habia consagrado, segun decían, sus adoraciones. Prevalidos de esta ausencia sus irreconciliables y encarnizados enemigos, esparcieron la noticia de que el galante baron se habia pronunciado en favor del gobierno francés y de que habia marchado á Madrid á ofrecer su persona y sus servicios á Murat, como se sospechaba y no sin fundamento del conde de la Conquista. Nada mas fácil en circunstancias turbulentas que dar crédito á cualquier calumnia de esta especie por absurda qne sea: la mas justa y bien adquirida reputacion depende en estos momentos peligrosos de la mas ridicula idea vertida por el mas oscuro é insignificante personage. El barón de Albalat fue, pues, tenido y considerado por traidor, á pesar de que acababa de obtener los sufragios públicos para formar parte de la junta suprema, creada en veinticinco de Mayo.

Hasta entonces habia marchado la revolucion bajo la inspiración de los hermanos Bertran , de Moreno y del P. Rico, que se liabian constituido sus gefes, y que habian'llevado adelante el movimiento con una perseverancia infinita. Estos gefes no podian sin embargo desempeñar solos por sí el inmenso cargo, que les liabia colocado en aquella posicion, y provocaron una gran reunion de autoridades y de las personas mas notables de la capital-(i).

(1) Coro ponían esta rcnnion el capitan general, el arzobispo D. Fr. Joaquin Company, los tenientes generales tluque de Castropignano y D. Felix Berenguer de Marqnina; los mariscales de campo conde de Clairac, D. Alonso de Frias y D. Pedro Adorno; el gefe de escuadra D. Francisco Javier Rovira, los coroneles D. Joan Navarro, D. Miguel de Sarcohaga, D. Cosme Alvarez, marqués de Cruilles y conde de Romré; los tenientes coroneles D. Bruno Barrera, D. Manuel Loríente, y D. Manuel de Miedes, comandante del regimiento de Salio va , D. José* Font, comandante de ingenieros; D. Francisco Javier de Osuna, teniente de rey de la plaza; el comandante militar de marina de este tercio naval D. Pedro de la Riva Agüero; los canónigos D. Jaime Alcedo y D. Antonio Valentín Criado y Buitrago; los magistrados D. Vicente Cano Manuel, regente de la audiencia, D. José Mayans, D.Vicente Joaquin Noguera, D. Domingo Bayer, D. Juan José de Negrete, D. Manuel de Villafañe, D. Francisco Toribio Ugarte y D. José Vallejo; los alcaldes del crimen D. Ramon Calvo de Rozas y D. Manuel Domingo Morales; y ultimamente, los fiscales de S. M. D. Francisco Tomás de los Cobos y D. Juan Alvarez Posadilla.

Anteriormente á esta reunion habia ya Vicente Bertran sostenido en la municipalidad la urgencia de crear una junta, en que además de las autoridades tomasen en ella parte los representantes de todas las clases, evitando de este modo cualquier conflicto ulterior. Aceptada esta idea , que los gefes de la revoluciou habían concebido en sus planes, se trasladó Bertran en compañía del intendente al palacio del Real con el objeto de hacer presente al acuerdo y á las personas antes citadas al efecto la conveniencia de formar preferentemente la indicada junta. Durante los debates que esta proposicion, inesperada para la mayoría , produjo en aquella escogida asamblea , se presentó la siguiente suscrita por el P. Rico y D. Manuel Cortés: «Excmo. Sr. =E1 pueblo valenciano desea tranquilizarse. Para ello quiere que los vecinos de todos los brazos perciban y den una idea á toda la plebe de las disposiciones que se toman para evadirnos del enemigo comun, lo cual solo puede suceder constituyendo miembros ó individuos, que penetrados de las miras que se ha propuesto el pueblo en defensa del reino, sean admitidos en la junta suprema y tengan cada uno de ellos un voto y voz; y espera que la benignidad de V. E. lia de acceder á esta proposicion, segun la lista que acompaña de los sugetos que ha elegido. = Valencia, veinticinco de Mayo de mil ochocientos ocho.= Los representantes del pueblo, Fr. Juan Rico. = Dr. D. Manuel Cortés y Sanz

(1) Lista de las persoQas que deben tener Toz y voto eu la junta suprema: £1 real acuerdo, sala del crimen y fiscales. = Brazo eclesiástico: Sr. arzobispo, Sres. canónigos Roca, Ferrer, Rivero y Urra. =»Sres. curas: el de S.Salvador, vicario mayor de la catedral, el de S. Andrés y el de Sta. Catalina. = Prelados de las comunidades: prior de Sto. Domingo, el guardian de S. Francisco, prior de S. Agustín y el del Cármen. = De la ilustre ciudad: el intendente corregidor, el marqués de Valera, D. Rafael Pinedo, D. Joaquín de Villarroya y D. Mariano Ginart. = Del estado noble: el conde de Castelar, el baron de Albalat, el baron de Petrés y el marqués de Jura-Real. = Del colegio de abogados: D. Mannel Cortés y Sanz, D. Francisco Maquivar , D. José Sombiela y D. Vicente Traver. = Del estado militar: el duque de Castropignano, el Sr. Cagigal, el conde de Cervellon y D. Domingo* de Nava. = Del comercio por mayor: D. Pedro Tupper y el marqués de S. Joaquín. = Del por menor: D. Joaquín Gil y D. Pedro Tio. = Artesanos: el clavario de velluteros, el de plateros, D. Vicente Bertran, D. Pedro Caro, y los electos de los cnatro cuarteles.

Leida esta proposicion se discutió coa detenimiento y se aprobó por fin despues de largos debates, resolviéndose lo siguiente: «Se accede por unanimidad á la formacion de la junta que se ha solicitado por medio de los comisionados del pueblo, segun la esposicion que antecede; y para que ésta dé principio á sus funciones, cítense todos los individuos que contiene la lista presentada por los mismos comisionados, á efecto de que concurran á las cinco de la tarde de este dia al palacio del Real

Los numerosos y sinceros amigos del baron de Albalatse apresuraron á participarle su eleccion, para que viniera á Valencia y disipara cou su presencia las terribles sospechas que injustamente ponian en descrédito su conducta. Satisfecho empero Saavedra con el testimonio de su propia conciencia y ansiando acreditar su lealtad, tomando parte activa en los compromisos y deliberaciones de la junta suprema contestó inmediatamente pidiendo á sus amigos le preparasen el medio de regresar sin riesgo á la capital para poner en evidencia sus opiniones.

El conde de Castelar, uno de sus mas íntimos amigos y que no ignoraba el verdadero objeto de la ausencia del baron, deseaba con ansia su vuelta á Valencia para que se justificase á los ojos del público de las imputaciones con que se le habia calumniado. Animado de esta idea grata y consoladora , y deseoso de vindicar tambien por su parte la opinion de su amigo, se avistó con Don Manuel Bertran, para convenir con él en los medios de asegurar la presentacion de Saavedra , que el mismo Bertran se propuso verificar sin riesgo; persuadido de la inmensa influencia que tenia sobre las masas. Sus partidarios lograron efectivamente sincerar entre muchas gentes la conducta del baron y todo parecia dispuesto ya á su favor. Contento el conde de Castelar avisó á Saavedra, é inmediatamente salió de Requena con direccion á Valencia; pero al llegar á una posesion del conde de Parsent, distante unas dos leguas de la capital, quiso detenerse para visitar á la señora, que recibía sus obsequios y que se encontraba precisamente en aquella quinta , olvidando tal vez las instrucciones que le habia mandado su amigo el de Castelar. El dia anterior habia despachado casualmente Bertran de Lis á Pép de Salvador, uno de los partidarios

(l) Sucesos de Valencia desde el 23 de Majo hasta el 28 de Judío de 1808 por el P. Vicente Colomer.

de su mayor confianza , con una partida de sesenta hombres para apoderarse del correo, conduciendo la correspondencia á la ciudad. Saavedra se encontró con esta partida en la venta de Poyo, y reconociéndole algunos de los caseríos inmediatos, porque su apuesta figura era notable jasaz, comenzaron á insultarle y aun á amenazarle de muerte; pero Pép de Salvador, hombre de brio y de mucha audacia , le defendió con celo y energía y propuso ai baron acompañarle hasta Valencia, prometiendo defenderle á toda costa. El baron aceptó la proteccion y se entregó con confianza en manos de Pép, que correspondió á ella dignamente, esponiéndose repetidas veces con los suyos á ser víctima del furor de los pueblos del tránsito.

Los mayores riesgos los corrieron en los pueblos de Cuarte y de Mislata, cuyos habitantes, instruidos por unos arrieros de lo ocurrido en la venta, salieron dispuestos á matarle. Solo el prestigio que Pép de Salvador tenia en estas poblaciones pudo salvar al baron consiguiendo entrar con él en Valencia, cumpliendo de este modo su palabra. Cerca ya de la ciudad pidió Saavedra á su defensor, que en vez de acompañarle á la ciudadela, le condujese hasta el palacio de Cervellon, y Pép no faltó á su promesa.

El concurso que seguia al noble baron y su escolta habia ido en aumento, á medida que se acercaba á la capital, de modo que á su entrada en ella era ya numerosísimo. Mas apenas se difundió por la ciudad la noticia de su llegada y el punto donde se habia refugiado, una multitud enfurecida llenó la plaza de Sto. Domingo, donde se halla aquel palacio, y con frenética gritería pidió la muerte del baron. Hallábase el buen conde de Cervellon en el mayor conflicto, y noticiosos Moreno y el P. Rico, volaron á su casa resueltos á salvarle de aquel torrente que amenazaba inundarla , y ahogar entre sus oleadas al desventurado baron. Grandes fueron las dificultades que tuvieron que superar antes de penetrar en ella; pero vencidas por fin subieron , salieron al balcon, arengaron á aquel pueblo, cuyo furor se aumentaba por instantes, proclamaron la inocencia de Saavedra y se esforzaron por todos los medios posibles en demostrar que este desgrrciado caballero estaba muy lejos de ser traidor. Pero todo fue en vano: en vez de tranquilizarse con estos discursos; en vez de dar oidos á unas personas que se creian con influjo; estas demostraciones fundadas en la verdad mas pura no consiguieron mas que exasperar su

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