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tambien cincuenta soldados, se vió en la necesidad de capitular.

Las tropas que traia José Bonaparte se componian de las divisiones de los generales Darmagnac y Treilhard, de muchos destacamentos y depósitos de los egércitos suyos de Portugal, del centro y de mediodía, de la division de Palombini y de algunos cuerpos españoles á su servicio, inclusa su guardia real, ascendiendo la totalidad á unos doce mil combatientes. Al frente de estas fuerzas entró José en Valencia el veintiseis de Agosto , acompañándole Suchet en la entrada entre el pueblo silencioso que afluyó á verle por pura curiosidad. Verificó su entrada por la puerta de S. Vicente, donde le recibió D. José Vallejo, corregidor entonces de Valencia, y se dice con relacion á este suceso, que habiendo manifestado José un empeño decidido para entrar montado bajo palio, se opuso Vallejo, obligándole á que lo verificase á pie. Alojóse el hermano de Napoleon en el palacio de Parsent, y allí acudieron á cumplimentarle las autoridades, sin que el pueblo hiciera ninguna demostracion notable de júbilo, y mucho menos de entusiasmo, permaneciendo en Valencia hasta mediados de Setiembre

Parécenos oportuno rectificar en este lugar un error cometido involuntariamente sin duda por el distinguido historiador conde de Toreno, cuando al hablar del regreso del Sr. arzobispo Company á la capital de nuestro reino, dice que se esmeró en obsequiar á los franceses, habiendo antes abandonado á Valencia en los dias del peligro. Ausentóse de la metrópoli, cuando abrumado por el grave peso de los negocios, por las calamidades públicas , y sobre todo por los achaques, propios de una edad avanzada , se vió en la necesidad de buscar algun descanso. Con este objeto se trasladó á Moncada , desde donde tuvo que retirarse á Gandía; hasta que sabida la entrada de Suchel en Valencia, y teniendo noticia del fusilamiento de los siete religiosos y encarcelamiento de otros, y el peligro con que amenazaba á los valencianos la cólera , mal disimulada , del noble mariscal, dispuso su viage á Valencia , negándose á la invitacion que le hacían las personas mas allegadas para que pasase á Mallorca, donde habia ya otros obispos refugiados. «Dios sabe mi interior, dijo al tiempo

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de subir al coche; vuelvo á mi iglesia para hacer el bien posible á ella, á los eclesiásticos, y á mis feligreses." Escoltado, pues, por las tropas francesas, que le esperaban en Silla, cuyo vecindario le hizo un recibimiento casi triunfal, llegó ¿Valencia, y fue á hospedarse en el palacio-inquisicion , por encontrarse el arzobispal destruido á consecuencia del último bombardeo.

El pueblo valenciano concibió en su profundo abatimiento las mas lisonjeras esperanzas, y el venerable prelado justificó con sus buenos oficios la idea que se habia formado de su ilustracion, de su celo y de su caridad evangélica. Company se apresuró á hablar al mariscal Suchet y á los generales de mayor influencia; intercedió por el clero, y en un convite que dió en Puzol al ilustre mariscal francés, le obligó con sus atentas y cristianas observaciones á que suspendiese la exaccion de una gruesa contribucion que tenia decretada. Abriéronse los templos, restablecióse el culto divino, egercieron los sacerdotes libremente su ministerio, y por mediacion del mismo prelado salvaron la vida muchos infelices , volviendo á respirar el pueblo valenciano, sino con entera libertad, con mas tranquilidad por lo menos. Así es que al fallecer Company el cinco de Febrero de mil ochocientos trece, tanto los franceses como el pueblo manifestaron el mas sincero dolor, disponiéndole los mismos conquistadores el entierro con todos los honores militares. Así procedió el Sr. Company, y por cierto que su conducta no debió merecer tan adusta censura de parte del apreciable historiador citado.

A D. José O'Doncll sucedió en el mando D. Francisco Javier . Elío, que con treinta y cuatro mil nuevecienlos infantes y tres mil cuatrocientos caballos, se dispuso á atacar.á Suchet

Al presentar por primera vez en nuestra humilde historia el nombre de un general, que tantos recuerdos ha dejado en Valencia , contra quien tanto se ha escrito, y cuya memoria ha sido tambien el objeto de ciega adoración para unos y de odio irreconciliable para otros, y que aun distantes ya de las pasiones de sus contemporáneos, subsiste todavía entre nosotros bajo el doble carácter con que le ofrecieron sus amigos y sus adversarios , cumple á nuestro propósito dar algunos antecedentes de su vida hasta

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el momento en que se dejó ver en este reino, en cuya capital vino á acabar sus dias de una manera trágica y funestamente célebre algunos años despues , dejando para la relacion de los sucesos siguientes el juicio que la imparcialidad ba debido formar de su conducta política desde el instante en que la muerte selló su sepulcro, abierto entre los sacudimientos de la revolucion, bajo un cadalso.

Hijo EIío de un militar español, que vertió abundantemente su sangre en la gloriosa batalla de Campo-Santo, nació militar, como él mismo dice en su manifiesto, y se crió entre el ruido de las armas. Cadete á los diez y seis años, pasó por todos los empleos, y no obtuvo una graduacion que no le costase un servicio ó accion particular. La suerte le bizo tomar parte en cuantas espediciones militares ocurrieron en España desde el año mil setecientos odíenta y tres, y por consiguiente se balló en la guarnicion y sitio de Orán y en el de Ceuta , en las campañas del Rosellon y Navarra , siendo berido en ambos egércitos y en la corta guerra de Portugal en mil ochocientos uno. Cuatro años despues fue invitado para desempeñar la comandancia general en la campaña de Montevideo, dándole al efecto el grado inmediato de coronel. Como la travesía era peligrosa por la guerra de Inglaterra , no se determinó el gobierno á mandar á EIío á aquellos remotos países tan pronto como babia creido; pero EIío, que se hallaba ya entonces en Lisboa, apresuró su embarque, navegando en buque portugués y disfrazado á Rio-Janeiro, para trasladarse desde allí al punto que se le destinaba. Al tiempo, empero, de hacerse á la vela, se recibió la noticia de que los ingleses se habian apoderado de la capital de Buenos-Aires, y esto no obstante que en el concepto de nuestra embajada en Lisboa era un motivo para que suspendiera EIío la proyectada navegacion, le impulsó para apresurarlo, y despues de varios entorpecimientos emprendió el viage, y llegó por fin á Montevideo, ocupado ya entonces por los ingleses. A pesar de esta ocurrencia desgraciada , saltó, sin embargo, en tierra , y ausiliado por un indio, que le sirvió de guia entre el enmarañado laberinto de los Paranaes, llegó á Buenos-Aires, agregándose inmediatamente á sus defensores. Confiáronle entonces diversas y arriesgadas espediciones, y mostró una brillante intrepidéz en los encuentros que sostuvo con las tropas inglesas al mando del coronel Pake, y estando ya para atacar el grueso clcla espcdicion , se hubo de retirar á la capital, despues de haber sufrido un notable descalabro en que se estraviaron los gefesLucer y Velasco. En la misma noche, y en casi todo el dia inmediato, reunió Elío todas las fuerzas que pudo recoger y trazó un plan de defensa, que segun su opinion debia ya haberse planteado mucho antes. Los enemigos dieron felizmente un dia mas para consolidarlo; pues no llegaron á la vista de la plaza hasta el dia cinco de Julio de mil ochocientos siete, en que la embistieron con un egército de diez mil hombres. La resistencia fue, sin embargo, tan obstinada , que á las cuatro de la tarde habian perdido ya los acometedores dos mil prisioneros, y tres mil muertos, heridos y estraviados. El resultado de esta defensa produjo la evacuacion de Buenos-Aires, Montevideo y todo el Rio de la Plata con el cange absoluto de los prisioneros de todas las acciones ocurridas anteriormente, segun se habia estipulado. Elío se encargó en seguida del mando de Montevideo, cuyas ruinas ofrecían el mas lastimoso espectaculo, y procuró desde luego reparar lo posible las desgracias que habia sufrido por un largo período de tiempo aquel pais en la continuada guerra que lo habia desolado.

Verificada entonces la invasion francesa en nuestra península, refluyeron necesariamente en nuestras posesiones de América las oscilaciones que afligían por aquella época á la nacion española, y el diez de Agosto de mil ochocientos ocho llegaba ya á las playas de Montevideo un emisario de Napoleon , navegando en un bergantín armado en Bayona. Entró, sin obstáculo, en la sonda del Rio de la Plata; pero al avistar á Maldonado, le daban ya caza dos navios ingleses que cruzaban por allí; y apoderándose de Maldonado se encaminó por tierra el emisario hacia Montevideo, mientras perseguido sin tregua el bergantin tuvo que varar, y los ingleses le pegaron fuego, salvándose , sin embargo, la tripulacion. Desde aquí empieza una serie de acontecimientos que no es de nuestra incumbencia referir, y que acabaron por desmembrar de la corona española aquella preciosa porcion del Nuevo-Mundo. Tuviera ó no Elío una parte influyente en la pérdida de aquellas ricas posesiones, como se ha dicho por sus enemigos, una orden del gobierno español le llamó á la península, y la regencia, apenas llegado á Cádiz, le nombró, como antes hemos indicado, general en gefe del segundo y tercer egército, manifestando cuando menos que su conducta en América no habia inspirado la menor Tom. II. 37

sospecha , y que en los multiplicados y ruidosos acontecimientos de aquellos paises habia dejado bien sentada su reputacion. A las órdenes de Elío militaban los generales Miyares, Villacampa , Sarsfield, Roche, el Empecinado y Duran, ayudado por la division mallorquína de Whittingham , que contaba ocho mil nuevecientos treinta y nueve infantes y mil ciento sesenta y siete caballos, y la espedicion anglo-siciliana , aumentada con cuatro mil hombres, al mando del gefe interino sir Juan Murray, hasta que llegase el propietario lord Guillermo Bentinck. Elío estableció su centro en Castalla, la derecha en Alcoy, y la izquierda en Yecla. Contra este pueblo se dirigió el general Harispe enviado por Suchet, cayendo el once de Abril sobre los españoles, al tiempo que salían para trasladarse á Jumilla; y aunque sorprendidos algun tanto por aquel ataque súbito , les disputaron la entrada en las calles de la poblacion. Retiráronse , empero , gradualmente y peleando siempre con denuedo; pero Harispe , temeroso que por fin se salvasen, atacó aisladamente el centro de la líuea, que roto con el ímpetu de aquella carga, desordenó á los batallones inmediatos, y en breve se convirtió en derrota lo que antes era una retirada perfectamente sostenida , perdiendo mucha gente , y obligando á rendir las armas á mil soldados, sesenta y ocho oficiales y el coronel D. José Montero. Suchet se adelantó al propio tiempo hacia Villena , donde existían algunas tropas, y sobre mil hombres de guarnicion en su castillo, situado en la cima del cerro de S. Cristóval, entregándose prisioneros. Orgulloso Suchet, revolvió contra los ingleses, a quienes miraba con mas odio, y cuya vanguardia tuvo que replegarse con su gefe el coronel Adam desde el puerto de Biar á la posicion de Castalla , ocupada por Murray. Ascendían sus fuerzas á diez y ocho mil infantes y mil seiscientos caballos. No inferiores los nuestros en número, éranlo bastante en ginetes. Empezó Suchet el combate esplorando el campo y enviando hacia Onil la caballería. Pero teniendo fijo su principal conato en trastornar la izquierda de los contrarios, soltó seiscientos tiradores, acaudillados por el coronel d'Abord, con orden de que trepando por la posicion arriba la envolviesen y dominasen. Al mismo tiempo amagó el mariscal francés á los aliados por lo largo de toda la línea, haciendo ostentacion de toda su gallardía y firmeza. Corrieron en aquel trance los nuestros algun riesgo, debilitada la izquierda por la ausencia momentánea de Whittingham,

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