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y toda la península ofrecia el mas completo desorden en su administracion. En medio de tanto conflicto presentaba nuestro reino de Valencia el aspecto mas deplorable por las numerosas cuadrillas de bandoleros que lo infestaban , y como sucede generalmente despues de esos grandes trastornos sociales, en cuyas revueltas alza su cabeza la desmoralizacion. Al encargarse Elio del mando de Valencia, llevaba consigo los recuerdos de cuarenta años de buenos servicios, y como militar no babia recibido desaprobacion alguna por parte del gobierno. Dotado de una alma enérgica é inflexible y de una rígida austeridad, sus principios políticos eran tan severos, como las costumbres de la antigua monarquía.

Su única desgracia fue haber alcanzado una época que no comprendió , poniéndose en lucha abierta con las pasiones políticas, tanto mas ciegas, cuanto mas santificadas por las circunstancias y los tiempos. Bajo el reinado del gran Carlos I hubiera sido Elío un héroe distinguido; Felipe II no hubiera dudado admitirle en sus consejos. En igualdad de circunstancias, solo Elío tuvo una suerte desgraciada; al paso que las sombras de Lacy y de Porlier, generales beneméritos, parece que enmudecieron en sus sepulcros sepultando en sus tinieblas la venganza : y los que cortaron el hilo de sus vidas, pudieron pasar por delante de sus tumbas ensangrentadas, sin tener que volver la cabeza al insulto de los transeuntes. Vidal y sus compañeros, siquier fuesen ciudadanos de alta recomendacion, no prestáran tantos servicios como Lacy y Porlier; y sin embargo fue vengada su muerte. ¡Desgraciado del que manda en tiempos tan calamitosos!

Habíanse, pues, organizado en el reino de Valencia varias cuadrillas de facinerosos, bajo tales reglas y precauciones, que escedian á cuantas se habian conocido hasta entonces: reglamentados y subordinados hasta cierto punto los bandoleros, no solamente saquearon las casas solitarias de los campos , sino que se atrevieron tambien á invadir las poblaciones, llegando al estremo de poner en alarma á Játiva y Sueca, cuyos habitantes se vieron mas de una vez robados impunemente por aquellos misteriosos asesinos, que pululaban en todas partes. Durante la noche egecutaban sus empresas, acompañando generalmente el robo con el asesinato. Sorprendian á las familias pacíficas, tiznados los rostros, y dándose nombres desconocidos para no ser descubiertos jamás. Algunas veces usaban del tormento para obligar á sus víctimas á confesar el lugar donde tenian depositados sus intereses. Consistía aquel tormento en una hoguera que solían encender en cualquier punto de la casa allanada, y sentando al desgraciado dueño con los pies descalzos junto á las llamas, se colocaba un bandolero detrás, puñal en mano para contener al infeliz que, abrasado y medio tostados los pies, hacia algun esfuerzo para huir de aquel fuego devorador. Al dia siguiente quedaban únicamente los restos de aquellos sacrificios nocturnos , y los ladrones continuaban tranquilos en sus casas sin que nada pudiera rastrearse de sus crímenes. En vano se hacían pesquisas, en vano se preguntaba á los vecinos: estos temían la venganza y callaban por necesidad. De este modo, en menos de dos años, fueron atacados y robados mas de cien pueblos, y no pasaban de tres los cómplices que se habían, descubierto, y sin que hubiera arrestado un solo malhechor. Los clamores de los pueblos, la inseguridad de los caminos., las continuas quejas de la misma capital llegaron hasta el trono, y el rey espidió órdenes terminantes para el esterminio de aquella raza misteriosa y funesta, encargando al general Elío el mayor celo y actividad, y que emplease los medios que creyera conducentes para poner fin á tan escandalosos escesos. El general los empleó efectivamente, y desplegó tal persecucion, que á fines del año mil ochocientos diez y nueve, no se oia ya haberse hecho ni un robo, ni un asesinato, y los caminos y casas de campo eran tan respetadas como la misma capital. Acaso llagarían á ciento los que se ajusticiaron en todo el reino, y otros tantos habria presos cuando se proclamó la constitucion , logrando la mayor parte su completa libertad , titulándose patriotas y manchando con su presencia la sociedad, que justamente les habia antes rechazado de su seno. Dijose que Elío se valia de los tormentos mas atroces para descubrir á los delincuentes; pero fuera esto una exageracion de sus enemigos, ó realmente hubiera sucedido así, el resultado de la persecucion desplegada por el general, produjo los mas bellos efectos. Quedó tranquilo el pais, y los hombres de bien se apresuraron á felicitar á Elío por el esterminio de los ladrones, que publicada la constitucion volvieron á aparecer, y que, como veremos , obligó al célebre D. Bernardino Martí á cazarles por todas partes, á fuer de bestias salvages.

Al mismo tiempo que con incansable afan se dedicaba Elío á la persecucion de los malhechores, procuró reanimar el comerciov que se hallaba en su última agonía, y como él mismo dice en su manifiesto, sacó de miseria mas de cuatrocientos labradores, pagándoles los caballos que se les tomaron en la requisicion, conversando con ellos en sus barracas y en las de los pobres pescadores. Hermoseó la capital con una amena glorieta, allanó todas las salidas de la capital, compuso el camino del Grao, practicó una obra costosa en las torres de Cuarte , puso en estado de defensa el castillo de Sagunto, y levantó una hermosa batería de manipostería en la orilla del mar para escuela práctica de la artillería : restableció la pesca del bou, á pesar de la oposicion del gobierno: proyectó el camino de las Cabrillas, el puerto de Cullera y un canal de comunicacion desde Valencia á dicho puerto: cerró con verjas el jardín que llaman del Real, y la rigidéz de Elío llegó basta el punto de no eximir á nadie, por mas privilegiado que fuese, del servicio de bagages y alojamiento, á pesar de los reales decretos, que consiguieron algunos para libertarse de tan penosa carga. A su celo se debió la propagacion de la vacuna, dedicándose él mismo á inocular á los niños, en medio del cúmulo de atenciones que le rodeaban.

Si el reino de Valencia parecía reposar algun tanto, despues de la terrible lucha que acababa de agotar casi del todo sus fuerzas •, manejado el estado ya por Eguía, ya por Lozano de Torres, ya, en fin, rodeado y circunscripto el rey á oir el lenguage de la ineptitud y de las pasiones, la nacion caminaba á un nuevo abismo en que debia sumergirse (1).

El egército, contra sus esperanzas, vió con dolor premiar mas la exageracion de opiniones políticas que las heridas gloriosas recibidas en el campo del honor. La marina , abandonada del todo,

(1) Macanáz fue el primer ministro de gracia y justicia despues de la vuelta del rey. Sospechando S. M. de su lealtad, fue en persona á su casa, le sorprendió sus papeles, y le mandó en Noviembre de 1814 preso al castillo de S. Antonio de la Corana. A Macanáz sucedió D. Tomás Moyano, de quien se cuenta colocó en un solo dia treinta parientes suyos. Este fue reemplazado en el ministerio por el insigne aventurero Lozano de Torres, y despues por el marqués de Mata florida.

El primer ministro de la guerra fue Eguía; le reemplazó Ballesteros, y A este, que fue destinado de cuartel á Valladolid, el apreciable marqués de Campo-Sagrado, que duró poco tiempo, volviendo á ocupar otra vez el ministerio el general Eguía.

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hacia ilusorio cualquier proyecto dirigido á pacificar las colonias disidentes.

La desorganizacion de la hacienda dejaba en descubierto las necesidades del estado, sin permitir arregladamente verificar la recaudacion; pues no existían los medios de coaccion que proporciona una administracion rígida y buena al mismo tiempo, y sin recaudacion son estériles las mejores teorías en hacienda, al paso que no hay sistema de gobierno que pueda sostenerse sin crédito ó sin dinero El crédito se habia aniquilado , ya profanando la fe de los contratos y la inviolabilidad de los fondos, ya faltando á las mas sagradas obligaciones, ya destruyendo en fin el establecimiento creado para sostenerle.

La industria nacional, aniquilada por los sacudimientos de una guerra desoladora, habia desaparecido; y en vez de proteccion se prodigaban las trabas y los obstáculos; de manera que los manantiales de la riqueza pública, ya escasos, llegaron á secarse enteramente.

Habiendo vuelto todo al año mil ochocientos ocho, fáciles conocer que la faccion , apoderada del trono , no olvidaría restablecer el tribunal de la inquisicion , como efectivamente se restableció. Pero la corte de Roma , no contenta con este nuevo triunfo, no lo creyó completo, si no resucitaba su antigua influencia, debilitada en tiempos mas felices por sabios españoles, acérrimos defensores de las prerogativas del trono , restableciendo la Compañía de Jesus. Nada de esto era , sin embargo, bastante para ocultar á la perspicaz opinion pública los apuros del erario y la posicion crítica de la monarquía , dando motivo al descontento é inquietud que se notaba sin rebozo.

Pasando de mano en mano llegó el ministerio de hacienda á las de Garay, que convenciendo al rey de la necesidad de arreglar el ramo de su cargo, presentó un proyecto, que aprobado por S. M., fue puesto en egecucion desde primero de Junio (2): no analizaremos este proyecto, aunque despues indicaremos sus resultados. Tampoco atacaremos la memoria del ministro Garay;

(1) En dos años j medio hubo siete ministros de hacienda, y entre ellos D. Felipe Gonzalez Vallejo, depuesto y confinado á Ceuta por diei años con retencion.

(2) Años de J. C. 1817.

pero sí diremos que el rey no pudo, ni aun tai vez pudo negarse á hacer un nuevo ensayo para la organizacion del erario, ni á pedir las bulas del quince y diez y seis de Abril de este año, para imponer al clero un subsidio de treinta millones de reales , las que se concedieron, aunque procurando la corte romana ostentar en ellas los principios de la inmunidad eclesiástica y los de su esclusiva y soberana autoridad en los bienes del clero. Los males, pues, eran tan graves, tal la decadencia de la riqueza pública , y tal el vacío de una administracion eficaz y uniforme, que tropezando de nuevo el sistema de hacienda con tamaños embarazos, y sobre todo con la dificultad de la recaudacion, no pudo responder á las intenciones que le habian dictado, antes bien el erario hubo de resentirse de los efectos, inevitables en toda variacion, cuando no se cuenta para ello con fondos, que cubriendo los gastos urgentes , permitan al tiempo establecer primero y consolidar despues el nuevo orden económico.

En tan triste situacion debia crecer de dia en dia el descontento público, y en efecto crecia y se multiplicaba. Porlier fue el primero que en mil ochocientos quince ensayó en Galicia el restablecimiento del sistema abolido en el año anterior; pero preso por sus soldados pagó su tentativa revolucionaria, y el gobierno hizo ver, que aunque disuelto, sin fuerza , sin dinero , y combatido por la opinion, en consecuencia de sus propios errores, conservaba una fuerza moral peculiar á España, cuya divisa fue siempre el sufrimiento y la lealtad. No por eso el gobierno, que debia considerar este suceso como indicio de la pública opinion, aprovechandose de la ventaja de haberse terminado á su favor, volvió la vista sobre sus errores, origen siempre de semejantes movimientos , y así fue que subsistiendo el descontento, renacian nuevas esperanzas en los conspiradores

En efecto, no tardó el general D. Luis Lacy en imitar á

(1) £1 gobierno despreciaba estas maquinaciones, aunque en medio de sus triunfos Richard y sus compañeros tramaban en Madrid una nneva empresa revolucionaria para variar la forma de gobierno. Richard murió en el cadalso, despues de haber manifestado mucha firmeza de carácter en sns declaraciones. En esta causa se renovó el tormento, que hacia años estaba en desaso en España; pues no podia tolerarlo la civilizacion del siglo; y el desgraciado Yandiola sufrió esta prueba terrible de órden del juez de la causa.

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