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::::::::::::::6) Valencia romana desapareció entre los hijos del Norte, y al espirar a su vez en la ribera del Guadalete la grandeza de la monarquía goda, los vencedores del Oriente se derramaron hasta nuestra capital, sin que quedase entre nosotros otro recuerdo de los vencidos señores, mas que un puñado de cristianos pobres y humildes, á quienes perdonó sin duda el orgullo de los nuevos dominadores. No fueron empero los pueblos de nuestro reino destinados por los árabes para formar entre ellos un centro de grandeza, como Sevilla, como Córdova y como Granada; porque devorados desgraciadamente por las tribus mas fanáticas del Atlas, se aglomeraron en nuestro pais los restos asquerosos de otras naciones para perpetuar una serie de acontecimientos en que la ambicion preparaba los asesinatos; el puñal decidia, del poder, y la tiranía alentaba el crimen. Un aventurero afortunado, y de un nombre que se ha trasmitido hasta nosotros circundado de prodigios, vino á formar con la conquista de la capital un episodio en las sangrienlas guerras civiles, que diezmaban á los moros sus defensores, para dejar en el llano de Cuarte un recuerdo de su valor, y en las aras de la reli. gion el nombre venerable con que se honró despues nuestra Valencia del Cid. Breve fue, empero, la dominacion de este altivo castellano; y cuando el ataud en que eran llevadas sus cenizas se dirigia silenciosamente al lugar destinado para su eterna morada, seguido de sus consternados batalladores , volvian á entrar triunfantes los antiguos pobladores africanos, para encerrarse en el estrecho y pequeño círculo de la ciudad del Turia , desde donde cien años despues les lanzó por medio de honrosa capitulacion el formidable Jaime el Conquistador. En pos de este principe habian venido guerreros de estrañas costumbres, de lengua estraña y aun tal vez de encontrados intereses, pero dotados de fiereza, de valor y de aquel orgullo, que solo se puede concebir leyendo con atencion la historia de los siglos de las cruzadas; y estos elementos dispersos en su origen , aunque amalgamados por otro elemento mas fuerte que ellos, y que solo podia ofrecer el genio colosal del primer Jaime de Aragon, formaron un pueblo esencialmente militar en su principio, dejando á las fatigas de los moros vencidos el cuidado de la agricultura. Subyugado, empero, por unas leyes sábias y que hacen honor a aquella época de hierro y de fuerza , el pueblo valenciano era ya importante, cuando conducido el rey Conquistador á las bóvedas magestuosas de Poblet,

SUS

se preparaba su hijo D. Pedro á llevar á Sicilia el nombre de Ara. gon y la gloria de nuestros paladines. En aquellas guerras en que se confundieron la caballerosidad y la fiereza , el valor y la desesperacion, y el odio salvage y las virtudes mas sublimes, y en que se vertió por fin sangre de hermanos , sangre de reyes y sangre abundante del pueblo, se vieron los valencianos sostener con orgullo sus pendones, y el lustre de sus caballeros y de sus plebeyos honrados. Avezado á los combates, altivo como sus almirantes y generales, y halagado por sus principes , el pueblo del Cid resistió porfiadamente los sangrientos combates con que Pedro el Cruel de Castilla trató de domeñar su intrepidéz, para precipitarse despues en las repugnantes escenas de la guerra de la Union, que devoró los intereses y las vidas de millares de ciudadanos. Sucumbió, como sucumbe siempre un pueblo debilitado por la anarquía; y volvió á levantar su frente, cuando contento con sus antiguas leyes, no quiso servir de pedestal á los ambiciosos, ni de presa á las pasiones estrañas. Se hizo otra vez conquistador; y mientras sus nobles y sus plebeyos hacian resonar las glorias de Valencia en la antigua Marsella , al pie del Vesubio, y en las costas históricas de Italia , embellecíase su patria con preciosos monumentos, y su augusto y venerable consejo reformaba las costumbres públicas, protegia las ciencias y marchaba rápidamente hacia la civilizacion de una manera prodigiosa. Uno de sus mas ilustres hijos decidia en Caspe la importante cuestion de sucesion al trono, y á la voz de S. Vicente Ferrer se calmaron los estados de Aragon, próximos á romper su unidad, para sucumbir a los proyectos ominosos de sus vecinos. Respetable Valencia ofrecia entonces valor en sus nobles, mesura y ardimiento en sus plebeyos, progresos en la cultura de todos, fijeza en su legislacion, é inmensas garantías para el porvenir. Tal era su aspecto, cuando la paz, que los reyes católicos aseguraron sobre los muros de la Alhambra, abria á los españoles las puertas á nuevos dominios, y dejaba mayor seguridad para el sueño de los vicios; así como los desiertos de América y los estandartes del gran capitan Gonzalo de Córdova conducian al antiguo teatro de las glorias de Aragon á los que osa ban aventurar su reputacion al principio del siglo XVI, en que la fortuna debia colocar á la España en el último apogeo de su prosperidad y de su omnipotencia.

a su as

Al inaugurarse el reinado de Carlos I, Valencia esperimentó los espantosos sacudimientos de una guerra civil, que oculta bajo un nombre fraternal, causó la pérdida de millares de sus hijos y de cuantiosos intereses, pero ostentando las víctimas el mas noble orgullo lo mismo en manos del verdugo, que entre los ensangrentados laureles de sus triunfos. Venció la fuerza ; volvió Valencia á su estado normal, y sus hijos siguieron las rápidas huellas con que el noble y caballeresco emperador dejó marcados, siempre triunfando, los dias de su reinado, hasta que al bajar al sepulcro, sin dejar mucho de grande despues de sí, las cuestiones políticas y militares , cedieron su campo á las cuestiones é intereses religiosos, teniendo su origen en el del segundo Feli, pe, Valencia , despojada de su antigua preponderancia, fue declinando poco a poco, como haremos observar, hasta que sobre las ruinas de la antigua Játiva vió perecer sus venerandas leyes y libertades entre el incendio de este pueblo, por disposicion de Felipe llamado el Animoso. Pero no precipitemos los sucesos, que desde la época con que damos principio á nuestro segundo tomo, hasta los últimos dias del mando del general D. Francisco Javier Elio, que lo termina , dan lugar á bien tristes reflexiones, que nuestros lectores podrán hacer, sin que, á fuer de imparciales é historiadores, nos adelantemos á presentarlas, con peligro de parecer exa gerados. ¿No basta redactar los hechos, para que lleguen a la posteridad? ¿No basta pintarlos con verdad, para que la generacion futura los pueda conocer y juzgar?

no de los motivos que sirvieron de pretexto á

los agermanados para impulsar su revolucion fue el temor y la desconfianza que les inspiraban los moros , que en número considera

ble habitaban este reino, y que en aquellas

turbulencias políticas siguieron con decision

* el partido de los nobles, de quienes eran los mas laboriosos vasallos. En medio de aquella lucha porfiada y sangrienta ya los comuneros de Valencia quisieron obligarles á á abrazar el cristianismo, espidiendo contra ellos decretos semejantes á los de los reyes católicos. A su vuelta a España confirmó Carlos V estos edictos por una cédula de cuatro de Abril (1); ordenando que en el discurso de un año asegurasen su creencia todos los mahometanos que habitaban aun las provincias de Aragon, Valencia y Cataluña , ó saliesen de la península; y que los que prefiriesen el destierro al bautismo fuesen conducidos, no á las orillas del Mediterráneo, sino á la estremidad de Galicia para ser embarcados en el puerto de la Coruña. Esta medida habia sido aconsejada al emperador por su antiguo preceptor el papa Adriano,

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(1) Años de J. C. 1225.

Tom. II.

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y le fue pedida con instancia por Clemente VII. Acusábase ya á los moros de Valencia de mantener secretas relaciones con los musulmanes de Africa y Constantinopla, para tenerles al corriente de ciertos acontecimientos que tenian lugar y de los proyectos que se formaban en la cristiandad. Cuando espiró el término señalado, un gran número de celosos del islam, reunidos en las fragosidades de la sierra de Espadan con los moros refugiados de Andalucia , trataron de resistir á los egecutores del decreto imperial que iban á arrancarlos de sus hogares. Acosados por el pueblo bajo, escarnecidos en todas partes, y compelidos á abandonar las creencias religiosas de sus mayores eran el objeto de las mas ridiculas imputaciones; suponiéndoles iniciados en crimenes terribles y misteriosos, y atribuyéndoles todos aquellos asesinatos que por su enormidad parecian imposibles bajo el acero de un cristiano. Creiaseles participes en los robos de los templos y casas religiosas, y no se perpetraba un delito, cuyas circunstancias se hallasen fuera del alcance comun del pueblo soez, que no lo juzgasen como el resultado de alguna secreta combinacion de los moros. Estos rumores exagerados por la ignorancia no hubieran sin embargo producido las ulteriores medidas que contra ellos dictó el emperador, si las repetidas instancias de las personas de mas elevada posicion en la iglesia no le impulsáran á adoptar unas providencias de harto difícil egecucion. En una consulta, empero, que evacuó con este objeto una junta de teólogos eminentes, se hizo notable el dictámen particular de un ilustrado valenciano, llamado Jaime Benet, monge del monasterio de la Murta, de la orden de San Gerónimo, el cual, entre otras muchas razones, concluia asegurando que era inoportuno el bautismo violento que se trataba de imponer á los moros, porque si entonces eran mahometanos, luego serian necesariamente apóstalas. A esta consideracion se opuso aquella junta eclesiástica , cuya opinion robustecia mas la bula del papa Clemente VII, su fecha once de Junio del año anterior, en la que además de indicar su Santidad las relaciones que unian á los moros de España con los de Berbería y otras partes, exhortaba al emperador á que mandase predicar incesantemente el Evangelio, en los términos que señalaren los gefes de la inquisicion, y concluia recomendando la espulsion de los musulmanes de los reinos de Aragon y de Valencia, si se negaban á abrazar tenazmente el cristianismo. Convencido el joven príncipe , resolvió por fin

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