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aquello sólo fué como un relámpago en la vida del imperio de los Ommiadas.

Los reyes de León y de Navarra y el conde de Castilla se unieron para resistir al terrible Almanzor. La ocasión de medirse las armas no se hizo esperar mucho. Muy cerca de Medinaceli se encontraron los dos bandos. La lucha fué larga y terrible; mas al fin los moros emprendieron la huída. Tan grande fué la impresión que este primer revés produjo en el alma del insigne caudillo moro, que al cabo de muy corto tiempo murió. Con él perecieron también la fortuna de los árabes; en cambio, los españoles em: pezaron desde aquel momento á ensanchar sus dominios con las pérdidas de aquéllos.

Los hijos de Almanzor reemplazaron sucesivamente en el poder á su padre; mas, si heredaron su valor, no así su talento. Las facciones volvieron á enseñorearse del imperio. Un pariente del califa se levanta en armas y logra apoderarse de la persona de Hacham, á quien encierra en una prisión; pero entre el pueblo se extiende la voz de que había muerto violentamente.

Estas nuevas llegaron á Africa, de donde bien pronto parte para España un príncipe Ommiada con un numeroso ejército para vengar á Hacham. El conde de Castilla, que ya tenía noticias de esta expedición, se une á ella.

El imbécil Hacham, juguete de todos los partidos, es colocado de nuevo en el trono, del cual tiene que renunciar poco después para escapar de la muerte.

En este tiempo, los reyes cristianos recuperan los pueblos que Almanzor había conquistado; mientras Córdoba arde en discordias y guerra civil, que muy luego se extiende á las de. más provincias musulmanas de España.

Una multitud de conjurados se hicieron proclamar sucesivamente califas; algunos sólo pu. dieron reinar algunas horas, y todos fueron depuestos, encarcelados é decapitados.

Un descendiente de los Ommiadas, Almudir, osa reivindicar su derecho al trono aun en medio de tantos trastornos y combates. Sus amigos le hacen ver los peligros á que se expone; mas el ambicioso joven les contesta:

-Que reine yo tan solo un día, aunque al siguiente perezca.

El pronóstico se realizó en su parte más triste: Almudir fué muerto antes de ser califa.

Los usurpadores se sucedían sin interrupción; eran soberanos de un momento. Jaimar-benMahomed fué el último de ellos, y con él ter

mina en 1060 el imperio de los califas de Occidente, que durante tres siglos fué regido por los Ommiadas.

Durante los últimos acontecimientos, el poderio de Córdoba decayó. Los gobernadores de varias importantes provincias, aprovechándose de la anarquía que por doquier reinaba, se proclamaron soberanos independientes. La ciudad de Abderramán dejó de ser la capital de un reino: tan sólo le quedó la supremacía religiosa, que debía á su gran mezquita.

Desunidos, debilitados por tantas y tan largas luchas civiles, los moros no estaban ya en condiciones de poder resistir a los cristianos españoles. Así, esta tercera época de su historia, sólo ofrece el triste cuadro de su decadencia.

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DESDE PRINCIPIOS DEL SIGLO XI HASTA

LA MITAD DEL XIII

DESDE principios del siglo XI, cuando el tro.

no de Córdoba se tenía cada día con la sangre de un nuevo usurpador, los gobernadores de las principales ciudades se arrogaban, como hemos visto, el título de reyes. Toledo, Zaragoza, Sevilla, Valencia, Lisboa, Huesca, así como otras plazas menos importantes, tuvieron sus soberanos particulares.

La historia de estos numerosos monarcas resultaría tan enojosa para el lector como para el escritor; en el largo espacio de doscientos años

no presenta aquélla más que una larga serie de sediciones y matanzas, de pillaje y de traiciones, de pueblos y fortalezas perdidos y reconquistados, y alguno que otro hecho aislado digno de mención en medio de tantos y tan grandes crímenes.

Entre aquellos hechos, merecen citarse dos: el rey de Toledo, Almamón, y el de Sevilla, Bénabad, dan seguro asilo en sus respectivas cortes, el uno á Alfonso, monarca de León, y el otro al infortunado García, de Galicia, los dos lanzados de sus estados por su hermano Sancho de Castilla. Este persiguió á aquéllos como pudiera haberlo hecho con sus más crueles enėmigos; en cambio los principes moros, a pesar de la enemistad de las dos razas, recibieron á los dos proscriptos cual si fueran sus deudos más queridos.

Almamón, sobre todo, prodigó las atenciones más afectuosas al desgraciado Alfonso, procurándole cuantas distracciones pudieran hacerle olvidar la pérdida de su trono, facilitándole toda clase de recursos y tratándole, en fin, cual si fuera un hijo querido.

Mas bien pronto, la muerte del implacable Sancho hizo á Alfonso dueño de León y de Castilla; y el generoso Almamón, que tenía entre

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