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Sin embargo el decreto de las cortes no aquietó la impaciencia pública, ni la satisfizo, tachándole en casi todos los pueblos de benigno y de contemporizador. Excitó por tanto mas bien disgusto, y en Cádiz se aumentó al leer la proclama tolerante y conciliadora que al entrar los aliados en Madrid publicó el general Alava , y de la cual hemos hecho mencion en el libro anterior. Provocó este papel en las cortes reñidos debates, enviado indiscretamente por la regencia, a la que solo incumbia reprender ó alabar al general, segun conviniese á su política y á sus fines. La comision de constilucion , y una especial, que formaron el decreto de 11 de agosto, estuvieron encargadas tambien ahora de dar su parecer en el asunto , y lo verificaron, proponiendo « se hiciese entender al ge« neral Alava por medio de la regencia, que omiliese en lo su« cesivo recomendaciones de aquella especie, cuando no tuviese

particular encargo del gobierno : ) y pidiendo ademas las mismas comisiones el expediente suscitado con motivo de varias providencias tomadas por Don Carlos de España, presentaron al propio tiempo otro decreto aclaratorio del de 11 de agosto, si bien mas severo.

La discusion trabada en las cortes el 4 de setiembre prolongóse bastante , interrumpida al empezarse por una exposicion de los oficiales del estado mayor general dirigida no solo contra los individuos militares que hubiesen tomado partido con el enemigo, sino tambien y muy particularmente contra los que habian perma. necido ocultos en pais ocupado por los franceses, sin acudir a las banderas de sus respectivos cuerpos. Creciendo de punto por este incidente el ardor de la discusion, resaltaron en varios discursos los afectos apasionados de los tiempos, y si bien tuvo patrocinadores el general Alava defendiendo algunos diputados sus medidas, acordóse no obstante un decreto que llevó la fecha de 21 de setiembre, severísimo en cuanto á empleados y ciertas clases. Vedábase en el agraciar á los primeros con destinos de cualquiera especie, y aun nombrarlos para oficios de concejo, diputaciones de provincia y diputacion á córtes; no dándolos ni siquiera voto en las elecciones, y pudiendo sujetárseles á la formacion de causa si lo merecian por su conducta. A los que se hubiesen condecorado con insignias del intruso gozando de otras antiguas, privábaseles del uso de estas, y lo mismo del de sus títulos, durante su vida, á los duques, condes, marqueses, barones, que hubiesen solicitado ó admitido de dicho gobierno la confirmacion de aquellas dignidades. No se consideraba como á empleados á los individuos de ayuntamiento, ni á los que desempeñasen cargos nombrados por el pueblo, ni á los maestros y profesores de ciencias, ni á los médicos y cirujanos, ni á los cívicos ni á otros varios. Y se añadia que si alguno de los comprendidos entre los empleados hubiese hecho servicios importantes a la patria , las cortes se reservaban atenderle, oido antes el parecer de la regencia y el de los ayuntamientos constitucionales de los pueblos. Tambien se prevenia á los que pretendiesen de nuevo destinos , y fuesen contados entre las clases excluidas, que hiciesen preceder sus solicitudes de la purificacion de su conducta , cuyo acto se cumplia con hacer una informacion en juicio abierto contradictorio, que se remitia al gobierno acompañado del dictámen del ayuntamiento respectivo. · Pero este decreto expedido por las cortes en virtud de peticiones y repetidas instancias de ayuntamientos y personas de cuenta de los pueblos, que segun iban quedando libres solo hablaban de rigores y persecucion, desazonó sobremanera, y valió a la representacion nacional censuras y sinsabores. Los cuerpos mismos y los individuos que antes se habian desbocado contra la conducta del general Alava, y contra las mismas disposiciones de las cortes que graduaron de blandas, pidieron luego se modificasen estas, y aun que se derogasen, viendo las dificultades con que se tropezaba en la práctica , y los muchos á quienes se podia extender la aplicacion severa de las medidas promulgadas.

De aqui nació nuevo decreto con fecha 14 de noviembre, reponiendo en sus empleos anteriores á todos los que, segun declaracion expresa y formal de los ayuntamientos respectivos, hubiesen dado pruebas de lealtad y patriotismo, y gozado de buen concepto. Excluíase sin embargo todavía á los magistrados, á los intendentes y á otros individuos de las oficinas generales del reino, y á los que hubiesen adquirido ó comprado bienes nacionales. Excepcion la última que aconsejó siempre mucho Lord Wellington, convencido de cuanto convenia escarmentar a esta clase codiciosa, como la mas interesada en la conservacion y afianzamiento de un gobierno nuevo. Hubo aun otras aclaraciones y decretos sobre el asunto, en particular uno sobre militares de 8 de abril de 1813.

Hubiéranse evitado ó abreviado al menos tan prolijas discusiones, si la regencia, nombrando para las provincias que se desocupaban autoridades prudentes y conciliadoras, las hubiera facultado con adecuadas instrucciones, y encargadolas no confundiesen á los vecinos pacíficos y á los empleados de honrado porte con los ayudadores oficiosos y aun delincuentes del gobierno intruso. Tomó la regencia desgraciadamente diverso rumbo, mostrándose desacordada y escudriñadora, y dando pábulo á pesquisas y purificaciones; manantial este cenagoso y hediondo de manejos injustos y descarados sobornos, movido ya en tiempo de la central, y peor mil veces que el de las llamadas epuraciones (épurations) en las oficinas de Francia, yendo las primeras acompañadas de los abusos y cavilaciones propias del foro, que no conocian las últimas, y destituidas de los medios de defensa y amparo que sugieren las leyes en los delitos comunes. Dulzura y tolerancia acompañadas de cierto rigor y una prudente severidad, hubieran atraido á unos y contenido á otros, mereciendo alabanzas de todos ; principalmente si se completaban las medidas peculiares del caso con una ley de olvido, amplia y general, que preparada en las cortes hubiérase promul. gado al terminar de la lucha empeñada , segun se ha practicado casi siempre desde Trasíbulo, quien, conseguido el triunfo, perdonó y tuvo la dicha de usar el primero de la hermosa palabra de amnistia, siendo la suya de las mas célebres y afamadas del mundo.

Un literato distinguido y varon apreciable * publicó *Ap. . 3.) en Francia años atras en defensa de los comprometidos con el intruso, á cuyo bando pertenecia, una obra muy estimada de los suyos, y en realidad notable por su escogida erudicion y mucha doctrina. Lástima ha sido se muestre en ella su autor lan apasionado y parcial; pues al paso que maltrata á las cortes , y censura ásperamente á muchos de sus diputados, encomia á Fernando Annas altamente, calificándole hasta de * celestial. Y no se

crea pendió el desliz del tiempo en que se escribió la obra; porque si bien suena haberse concluido esta al volver aquel monarca à pisar nuestro suelo , su publicacion no se verificó hasta dos años despues, cuando serenado el ánimo podria el autor, encerrando en su pecho anteriores quejas, haber dejado en paz á los caidos, ya que quisiera prodigar lisonjas é incienso á un rey que, restablecido en el solio, no daba indicio de ser agradecido con los leales, ni generoso con los estraviados ó infieles. El libro que nos ocupa hubiera quizá entonces gozado de mas séquito entre todos los partidos, como que abogaba en favor de la desgracia , y no se le hubiera tachado de ser un nuevo tejido de consecuencias erróneas mañosa y sofisticamente sacadas de principios del derecho de gentes, sólidos en sí, pero no aplicables ála guerra y acontecimientos de España.

Celebradas en público las sesiones en que se venti

· laban semejantes materias, resolviéronse á la propia glar las desave- sazon en secreto otras de no menor entidad, y señala

damente la de la mediacion para arreglar las desave

nencias de América ofrecida en el año pasado por la Inglaterra, de que empezamos entonces á dar cuenta , obligándonos á acabalarla luego que tocásemos en nuestra narracion al tiempo presente en que finalizaron las negociaciones de asunto tan importante.

Traemos á la memoria haber referido en aquel lugar como las córtes recibieron favorablemente los ofrecimientos del gabinete británico, quedándonos ahora por especificar el modo y términos

que tuvieron de verificarlo. En 1o * de junio de 1811 *Pelle P fue cuando el ministro de estado se presentó á las cortes para informarlas de los primeros pasos dados por la Inglaterra acerca de la materia, en cuya consecuencia habiendo entrado aquellas de lleno en la discusion durante el propio mes, determinaron adoptar la mediacion ofrecida bajo seis bases que fijaron, y

Mediacion inglesa para arre

nencias de América.

(* Ap. n. 7.)

cuyo tenor á la letra era como sigue : 1a*: « Para que

(• Ap. n. 8.) « tenga (la mediacion) el efecto deseado, es indispen« sable que las provincias disidentes de América se allanen á rea conocer y jurar obediencia á las cortes generales y extraordia narias y al gobierno que manda en España á nombre de S. M. « el señor Don Fernando VII, debiendo allanarse igualmente á « nombrar diputados que las representen en el congreso, y se in« corporen con los demas representantes de la nacion. » 2a : « Dua rante las negociaciones que se entablen para efectuar la media( cion , se suspenderán las hostilidades por una y otra parte, y en a su consecuencia las juntas creadas en las provincias disidentes a pondrán desde luego en libertad á los que se hallen presos ó de« tenidos por ellas como adictos á la causa de la metrópoli , y les « mandarán restituir las propiedades y posesiones de que hayan « sido despojados : debiendo ejecutarse lo mismo reciprocamente < con las personas que por haber abrazado el partido de las men( cionadas juntas estuviesen presas ó detenidas por las autoridades « sujetas al gobierno legítimo de España, con arreglo á lo que se < previene en el decreto de 15 de octubre de 1810. , 3a: « Como « en medio de la confusion y desórden que traen consigo las tur« bulencias intestinas es inevitable que se cometan algunas injusti( cias por los encargados de defender la autoridad legitima, « aunque esten animados del mejor celo, y poseidos de un verda« dero amor á la justicia , el gobierno de España, fiel siempre a la « rectitud de sus principios, está dispuesto á escuchar, y atender « con paternal solicitud las reclamaciones que se le dirijan por los « pueblos é individuos de las provincias que hayan sido agravia«dos. » 4a : « En el término de ocho meses contados desde el dia ( en que empiece á negociarse la reconciliacion en las provincias a disidentes, ó antes de este término (si ser pudiese) deberá infor« marse al gobierno español del estado en que se halle la negocia( cion. » ģa : « A fin de que la Gran Bretaña pueda llevarla á ( cabo, y para dar a esta potencia un nuevo testimonio de la sincera « amistad y gratitud que le profesa la nacion española , el gobierno I de España, legítimamente autorizado por las cortes, le concede « facultad de comunicar con las provincias disidentes mientras dure a la referida negociacion, quedando al cuidado de las mismas cor« tes el arreglar definitivamente la parte que habrá de tener en el < comercio con las demas provincias de la América española. » 6a : « Deseando el gobierno de España ver concluido cuanto antes ( un negocio en que tanto se interesan ambas potencias, exige como « condicion necesaria que haya de terminarse la negociacion en el « espacio de quince meses contados desde el dia en que se entable.»

Estas bases no se extendian á otras provincias sino á las del rio de la Plata , Venezuela, Santa Fe y Cartagena, permaneciendo aun tranquilas las demas de la América meridional, y no habiendo

en las de la setentrional, como Nueva España, mas que levantamientos parciales, conservándose ileso en Méjico el gobierno supremo dependiente del legitimo establecido en la Península. El tenor de dichas bases era arreglado, y no parecia deber provocar, obrando de buena fe, obstáculos á la negociacion. Mas la regencia del reino, al contestar en 29 de aquel junio al ministro de Inglaterra , despues de defender atinadamente y con ventaja al gobierno español de varias inculpaciones hechas por el británico en anteriores notas, y de admitir de oficio la mediacion ofrecida bajo las seis bases prefijadas por las cortes , añadió otra reservada no menos impor

tante, cuyos términos eran los siguientes. 7a* : « Por (* Ap. D. 9.)

? cuanto seria enteramente ilusoria la mediacion de la « Gran Bretaña, si malograda la negociacion, por no querer pres« tarse las provincias disidentes á las justas y moderadas condi« ciones que van expresadas, se lisonjeasen de poder continuar sus « relaciones de comercio y amistad con dicha potencia, y aten<diendo á que frustradas en tal caso las benéficas intenciones del « gobierno español, sin embargo de haber apurado por su parte « todos los medios de conciliacion , aspirarian sin duda dichas pro« vincias á erigirse en estados independientes, en cuyo concepto se « juzgarian reconocidas de hecho por la Gran Bretaña , siempre « que esta potencia mantuviese las mismas conexiones con ellas; « debe tenerse por acordado entre las dos naciones que, po veri« ficándose la reconciliacion en el término de quince meses, segun ( se expresa en el artículo anterior (el 6°), la Gran Bretaña sus« penderá toda comunicacion con las referidas provincias, y ade« mas auxiliará con sus fuerzas á la metrópoli påra reducirlas á su deber. »

Artículo fué este inoportunamente añadido , y que desde luego. debió temerse serviria de tropiezo para llevar adelante la negociacion; cuanto mas presentándose de improviso y sin anterior acuerdo con la potencia aliada. En primeros de julio replicó el ministro de S. M. B. en Cádiz algo sentido, y dejando ya vislumbrar no se accederia a la condicion secreta agregada por la regencia á las otras seis de las cortes.

En efecto asi sucedió; y con tanta tardanza que solo al rematar enero de 1812 recibió el gabinete español la respuesta del de Lóndres. Tal negativa parecia indicar haberse roto del todo las negociaciones pendientes, cuando se supo que comisionados británicos llegaban á Cádiz para renovar los tratos y pasar en seguida á América con intento de llevarlos á cabo. Desembarcaron pues dichos comisionados, que se llamaban Mrs. Sydenham y Cockburn, siendo el último el mismo que en 1815, ya almirante, condujo a Bonaparte á la isla de Santa Helena : y aunque entraron en Cádiz por abril, el ministro inglés, ya embajador, no hizo gestion alguna hasta el 9 de mayo en que pasó una nota recordando el asunto, si

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