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bia de marchar a combatir al coloso mahometano de Asia, y no habia de poder arrancarle su presa. La España se habia bastado á sí misma para aniquiJar al coloso árabe-africano. Lenta y penosa fué la espulsion de España de los árabes y de los moros; pero volvamos la vista á Oriente, miremos a la Turquia Europea, y contemplemos á Constantinopla todavía en poder de los hijos de Osman hace mas de cuatro siglos á la puerta de los mas vastos y poderosos imperios cristianos. ¿Durará allá el dominio de la Media-luna tanto tiempo como ondeó aquí el estandarte del profeta de la Meca? Por lo menos en el suelo español nunca gozaron de reposo los enemigos del nombre cristiano.

Por lo mismo, aunque la gloria de su definitiva destruccion tocó á Fernando é Isabel, esta gloria ni eclipsa ni daña la que antes habian ganado los Alfonsos, los Ramiros, los Berengueres, los Jaimes y los Fernandos que habian contribuido a su vencimiento: porque el campo de las glorias es fecundisimo y produce laureles para todo el que sabe cultivarle. Cuanto mas que las grandes obras del esfuerzo humano, como las grandes obras del entendimiento, nunca han podido ser de uno solo, y asi dan honra y prez al que las concibe y comienza, como al que las prosigue ó mejora, y como al que tiene la fortuna de perfeccionarlas ó acabarlas.

La guerra de Granada fué una epopeya no i nterrumpida de diez años. Desde la sorpresa de Alhama hasta la rendicion de Granada, lodo fué heróico, todo fué épico, todo dramático. Los poetas no han podido representar sino cuadros aislados é imperfectos de aquel gran drama histórico. No lo estrañamos. Es de aquellos sucesos en que la realidad histó rica sobrepuja a los esfuerzos é invenciones de la poesía, en que la verdad es mil veces mas maravillosa que la fábula. Se ha comparado aquel periodo con el de la guerra de Troya, asi por su duracion, como por las hazañas y episodios heróicos y por las figuras homéricas que la ilustraron.

En efecto, la tierna entrevista del marqués de Cádiz y el duque de Medinasidonia abrazándose al pie de los muros de Alhama, convertidos por la benéfica intervencion de la reina de enconados rivales y terribles enemigos en liernos y auxiliares fieles; los lances trágicos de don Alonso de Aguilar, del maestre de Santiago, del marqués de Cádiz y del conde de Cifuentes en las breñas y desfiladeros de la Ajarquía y en las Cuestas de la Matanza; la prision de Boabdil y la muerte del intrépido Aliatar en los campos de Lucena; la catástrofe de los caballeros de Alcántara en la pradera de Sierra-Nevada; el riesgo que Isabel y Fernando corrieron en el pabellon del campamento de Málaga de caer bajo el puñal de un fanático santon; las maravillosas hazañas do Hernan Perez del Pulgar; el heroismo rudo y salvage de Hamet el Zegri; la galanteria heróica del principe moro Cid Hiava; los venerables religiosos em

bajadores del Gran Turco en la tienda de los reyes cristianos; la resignacion estóica del Zagal; los amores y desdenes de Muley Hacem, y los celos y rie validades de las sullanas Aixa y Zoraya; los combates sangrientos de la Alhambra y el Albaicin; la reina de Castilla soltando cadenas á millares de caulivos, acariciándolos como madre y dándoles á besar su real mano; los contrastes de cultura y de ferocidad, de generosidad y de fiereza de las rivales tribus gomeles y zegries, abencerrages y gazules; los ardides y proezas y las peligrosas aventuras de Juan de Vera, de Hernan Perez, de Martin de Alarcon y de Gonzalo de Córdoba; la galante conducta del conde de Tendilla con la bella Fátima; el campamento cristiano en la Vega: el noble marqués de Cádiz recibiendo a la reina en su pabellon de seda y oro; los combates caballerescos; el incendio de las tiendas, y la prodigiosa aparicion de una ciudad como de milagro fabricada; el desventurado Boabdil saliendo con abatido semblante por la puerta de los Siete Suelos a entregar á su afortunado enemigo las llaves del último baluarte del imperio musulman; el gran sacerdote de España, el cardenal Mendoza, subiendo por la cuesta de los Mártires á tomar posesion de los regios alcázares moriscos en nombre de su reina y de su religion; la reina Isabel postrada de rodillas con su ejército y con su clero en el campo de Armilla adorando la cruz que resplandecia en la torre de la Alhambra, y haciendo resonar los embalsamados aires de la Vega con el canto poético que los cristionos entonan en accion de gracias al Dios de las victorias; escenas y situaciones son estas que no ceden en interés dramático á las de las mas bellas páginas de la Iliada, y personages son que igualan, si no esceden, en grandeza, á los Hectores, los Ayax, los Patroclos, los Aquiles, los Ulises y todos los demas héroes de Homero,

De contado, sobre faltarle a la guerra de Pérgamo el interés de ser la úla tima jornada de un drama inmenso que habia comenzado hacia mas de siete siglos: sobre carecer del gran contraste de los dos principios religiosos, que eran el resorte de las acciones hersicas y el móvil de los actores y de los combatientes de uno y otro campo, no tuvo el cantor de Smirna bastante fecundo ingenio para idear una figura tan noble, tan bella, tan magnánima, lan sublime y tan interesante como la de la reina Isabel, No, no alcanzó la imaginacion del poeta de la Grecia á concebir una idealidad que se asemejara á 10 que en realidad fue una reina de veinte y cinco años, radiante de gracia y de hermosura, esposa tierna y madre cariñosa, cuando se presentaba en el campamento de Moclin cabalgando en su soberbio palafren, con su manto de gra. na y su brial de terciopelo, llevando al lado la tierna princesa su hija, y seguida de las ilustres damas y de los gallardos donceles de su córte; cuando el espejo de los caballeros andaluces, el marqués de Cádiz, recibia y saludaba

à la soberana de Castilla al pie de la Peña de los Enamorados; cuando el duque del Infantado y los escuadrones de la nobleza abatian á compás, para ha. cer homenage á su reina, los viejos estandartes rotos y acribillados en cien batallas; cuando el rey Fernando se adelantaba en su ligero corcel, ciñendo al costado una cimitarra morisca, y dejando atrás la flor de los caballeros de Castilla se apeaba ante su esposa, y la saludaba reverente, y después imprimia en las megillas de la esposa y de la hija el ósculo de amor.

Homero no inventó un cuadro como el que ofreció la aparicion repentina de la reina Isabel en los reales de Baza, como el ángel del consuelo, ante un ejército desfallecido, consternado, abatido de las fatigas, del frio, del hambre y de la miseria, y reanimando con su presencia, é infundiendo valor, aliento y vida á los descorazonados combatientes, y convirtiendo en júbilo y regocijo el desánimo y tristeza de capitanes y soldados. El primer poeta del mundo no ideó un espectáculo como el que presentaron las colinas de Baza el dia que Isabel, recorriendo á caballo, con aire esbelto, rozagante y gentil, las filas de sus guerreros, circundada de un coro de doncellas y de un cortejo de prelados y sacerdotes, de caballeros y donceles, por entre mil banderas aragonesas y castellanas desplegadas al viento, y resonando por el espacio los agudos sones de las bélicas trompas, al tiempo que vigorizaba á los suyos, llenaba de admiracion y asombro á los moros y moras de Baza que la contemplaban absorios desde los alminares de sus mezquitas, y encantaba y sascinaba al caballeroso príncipe Cid Hiaya, que entró en envidia de hacer alarde de diestras evoluciones y vistosos torneos ante la reina de los cristianos, para concluir por rendirse á su mágico influjo, y por hacerse súbdito suyo, y cristiano como ella, y caballero de Castilla.

Y este mismo efecto producia en el campamento de Santa Fé y á la vista de los muros de Granada, y este mismo entusiasmo excitaba do quiera que se aparecia.

Pero esta influencia portentosa en capitanes y soldados no era ni una decepcion en que cayeran ellos, ni un artificio de la reina para seducir. Es que veian en ella su genio tutelar. Es que á la aparicion de la muger hermosa contemplaban la reina que se afanaba por que no les faltasen los mantenimientos, empeñando para ello sus propias alhajas; es que tenian delante á la institutora de los hospitales de campaña ; á la que curaba con su mano á los heridos, a la que premiaba con largueza los hechos heróicos, a la que consolaba, alimentaba y vestia á los miserables que salian del cautiverio, a la que compartia con el tostado guerrero los trabajos y fatigas de las campañas, á la que concebia los planes, organizaba los ejercitos, mantenia la disciplina, ordenaba los ataques y presidia la rendicion de las plazas.

Y si se considera que esta reina, cuando se presentaba en las trincheras de los campamentos y entre los cañones y lombardas, era la misma que hacia poco habia estado sentada en un tribunal de justicia, administrándola á sus súbditos con la amabilidad de la mas cariñosa madre y con la rectitud del mas severo juez; ó que acababa de visitar un convento de religiosas, y deenseñará las monjas con su ejemplo á manejar la rueca y la aguja, escitándolas á abandonar la soltura de costumbres y cambiarla por la honesta ocupacion de las labores femeniles, entonces al entusiasmo del soldado se une el asombro del hombre pensador.

No privemos por esto á Fernando de la gloria que le pertenece como al primer capitan en la guerra y conquista de Granada: ni tampoco á los demas caudillos que con tanto heroismo en ella se condujeron. Comportáronse todos como bravos campeones; el rey llenó dignamente su primer puesto, y Dios protegið á los defensores de su fé. Por eso dijimos en otro lugar que á esta grande obra de religion, de independencia y de unidad, cooperaron Dios, la naturaleza, y los hombres.

UI.

¡Cosa maravillosa! Apenas España ve coronada la obra de sus constantes afanes de ocho siglos, apenas logra expulsar de su territorio los últimos restos de los dominadores de Oriente y de Mediodía, apenas ha lanzado de su suelo á los tenaces enemigos de su libertad y de su fé, cuando la Providencia por medio de un hombre le depara, como en galardon de tanta perseverancía y de tanto heroismo, la posesion de un mundo entero! Este acontecimiento, el mayor que han presenciado los siglos, merece algunas observaciones que en nuestra narracion no hemos podido hacer.

Una inmensa porcion de la gran familia humana vivia separada de otra gran porcion del género humano. La una no sabia la existencia de la otra , se ignoraban y desconocian mútuamente, y sin embargo estaban destinadas á conocerse, á comunicarse, a formar una asociacion general de familia, porque una y otra eran la obra de Dios, y Dios es la unidad, porque la unidad es la perfeccion, y la humanidad tenia que ser una, porque uno es tambien el fin de la creacion. Pues bien, el siglo XV. fué el destinado por Dios para dar esta unidad á hombres que vivian en apartados hemisferios del globo, no imagi

nándose unos y otros que hubiera mas mundo que el que cada porcion habia taba aisladamente. ¿Por qué estuvieron en esta ignorancia y en esta incomunicacion tantos y tantos siglos? Misterio es este que se esconde á los humanos entendimientos; y no es estraño; porque menos difícil parecia averiguar cómo teniendo todos los hombres un mismo origen se habian segregado, y en qué época, y de qué manera las razas pobladoras de los dos mundos, y sin embargo á pesar de tantas y tan esquisitas investigaciones geológicas, históricas y filosóficas, aun no se ha logrado sacar este punto de la esfera de las verdades desconocidas, aun no se cuenta en el número de los hechos incuestionables.

Es cierto que el siglo XV. fué destinado para que se hiciera en él el descubrimiento de ese mundo que impropiamente se llamó nuevo, solo porque hasta entonces no se habia conocido. Los hombres de aquel siglo se ballaban preparados para este grande acontecimienio sin saberlo ellos mismos. Sentiase una general tendencia á descubrir nuevas regiones; un instinto secreto inclinaba á los hombres á inventar y estender las relaciones y los medios de comunicacion; el espíritu público parecia como empujado por una suerza misteriosa hacia los adelantos industriales y mercantiles; habia hecho grandes progresos la náutica: se habian descubierto la brújula y la imprenta. ¿Para qué eran estos dos poderosos elementos, capaces por sí solos de trasmitir los conocimientos humanos y derramarlos por los pueblos mas apartados del globo? Los hombres de aquel tiempo no lo sabian. Lo sabia solamente el que prepara secreta é insensiblemente la humanidad cuando quiere obrar una gran trasformacion en el mundo por medio de los hombres mismos.

Pero hubo uno entre ellos, ingenio privilegiado, que alcanzó mas que 10dos, y que a través de las nieblas en que se envolvian todavía los conocimientos geográficos, á favor de un destello de su claro entendimiento que se asemejaba á la luz de la revelacion, comprendió la posibilidad de atravesar los mares de Occidente, y de poner en comunicacion el mundo conocido con el desconocido. Hombre de ciencia y de fé, de creencias y de convicciones, de religion y de cálculo, estudia á Dios en la naturaleza , levanta el pensamiento al cielo y penetra en los misterios de la tierra, medita en la obra de la creacion, y trazando mapas con su mano descubre que falta conocer la mitad del globo terrestre. Convencido más cada dia de la posibilidad del descubrimiento, fijo y constante años y años en esta idea, trató de realizarla; pero necesitaba de recursos y se encontró pobre; sacó su idea al mercado público, ofreciendo la posesion de inmensos reinos al que le diera algunas naves y le prestára algunos escudos; pero los ignorantes no le comprendieron y le despreciaron , los principes le tomaron por un engañador y le cerraron sus oidos y sus arcas, los llamados

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