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que florecieron en este tiempo en España.- Capitanes y guerreros. --Sacerdotes y pretados.- Diplomáticos y embajadores. - Jurisconsultos y letrados.-Profesores y literatos ilustres.- Mugeres célebres.-Sábios estrangeros que vinieron á ilustrar la España y á naturalizarse en ella. -Diferente conducta de Isabel y Fernando con los grandes bom.. bres de su tiempo.-XIII.-Estado general de la monarquía española cuando vino á ocu. par el trono la dinastia austriaca,

«El reinado de los Reyes Católicos, dijimos en nuestro discurso preliminar, es la transicion de la edad media que se disuelve á la edad moderna que se inaugura.)

Pocas veces en tan breve plazo ha entrado un pueblo en un nuevo desarrollo de su vida. Entre la edad antigua y la edad media de España se interpuso el largo y no bien definido período de la dominacion goda; trescientos años y treinta reyes. Menos de medio siglo ha sido bastante para obrar la transicion de la edad media á la edad moderna española: cuarenta años y un solo reinado. ¡Tan corto término bastó a dos monarcas para regenerar el cuerpo social! Prueba incontestable de su actividad prodigiosa.

El reinado cuyo bosquejo acabamos de trazar es una de esas épocas en que se ve mas palpablemente lo que avanzan de tiempo en tiempo estas grandes porciones de la familia humana que llamamos naciones, en virtud de la ley providencial que las dirige; y en que se ve comprobada una de esas verdades con oladoras que hemos asentado como uno de nuestros principios históricos, á saber: «la humanidad marcha hacia su progresivo mejoramiento, aunque a veces parezca retroceder.» El viagero de la edad media parecia caminar por un interminable y desierto arenal, cuyo suelo movedizo se hundia á sus pisadas ó retrocedia bajo sus pies. Al ver su marcha fatigosa y pausada y su andar lento y penoso, se diria que no adelantaba un paso. Al observarle muchas veces, ó parado ante un obstáculo, o empujado hacia atrás por una fuerza superior, se temeria que no habia de llegar nunca al término de su viage.

Y sin embargo este caminante iba haciendo insensiblemente sus jornadas. Covadonga, Calatañazor, Toledo, Zaragoza, las Navas, Valencia, Sevilla y Granada, son otras tantas columnas miliarias que señalan el itinerario de la edad media española, en su marcha simultánea hacia la unidad geográfica y hacia la unidad religiosa. La union de las coronas de Asturias, de Galicia y de Leon en las sienes del primer Fernando, y su incorporacion definitiva con la de Castilla en la cabeza de Fernando III.; el doble y perpétuo consorcio de los reinos y de los soberanos de Aragon y Cataluña con Petronila y Berenguer; el principe Fernando de Castilla llamado á ser el primer Fernando de Aragon; y el segundo Fernando de Aragon venido á ser el quinto Fernando de Castilla, señalan las jornadas de esta múltiple y fraccionada monarquia hacia su unidad social. Los Fueros municipales, el Real, las Partidas, los Ordenamientus y Ordenanzas, las Córtes, son otros tantos pasos hacia la unidad política y civil.

Asi, a pesar de la disolucion que la sociedad española habia padecido, y en medio de las luchas, oscilaciones y vicisitudes por que hubo de pasar para regenerarse, lucha de reconquista contra un pueblo usurpador, lucha de independencia contra un dominador estrangero, lucha religiosa contra los enemigos de su fé y de su culto, lucha de rivalidad entre los habitantes de las diversas zonas de la Península, lucha política y civil entre los diferentes elementos constitutivos de los estados, lucha doméstica entre gobernantes y go. bernados, entre las clases, las gerarquías, los individuos de unas misinas familas; á vuelta de tantas luchas y de tantas contrariedades, la sociedad española de la edad media iba de tiempo en tiempo avanzando en la reconquista, ganando en estension, progresando en cultura, adelantando en su reorganizacion social, polílica y civil, porque la ley de la humanidad tenia que cumplirse, y la ley de la humanidad se cumplia.

Los Reyes Católicos, a quienes se debió la general trasformacion que hemos visto sufrir á la España, no fundaron una sociedad nueva. Las sociedades no mueren, aunque parezca á veces paralizada su vitalidad, que es otro de nuestros principios históricos: la edad moderna tenia que ser una modificacion de la edad media, como la edad media lo fué de la edad antigua: los tiempos se encadenan; el presente, hijo del pasado, engendra lo futuro, y los periodos de desarrollo de la vida social de los pueblos vienen a su tiempo como los de la vida de los individuos, y unos y otros padecen en los momentos de la crisis.

Cierto que a la mitad y en el último tercio del siglo XV. por una larga série de calamidades habia venido la sociedad española, y principalmente Castilla, la monarquia madre, á tan miserable estado de descomposicion, de anarquia y de abatimiento, que parecia amenazada de una disolucion semejante á la que sufrió en el siglo VIII., y es natural que los que vivieran en aquella edad desventurada se preguntáran: cómo es posible hallar quien levante de su postracion y comunique aliento y vida á este cuerpo cadave

rico?. Pero la ley providencial tenia que cumplirse, y la manera como so realizó su cumplimiento fué maravillosa.

Si en situacion tan desesperada hubiéramos visto sentarse en el trono de Castilla un hombre de edad madura y de robusto brazo, de larga esperiencia y de acreditado saber, la regeneracion social de España, bien que meritoria, nos hubiera parecido el resultado del órden natural de los sucesos. Mas cuando pensamos en que esta árdua mision fué encomendada á una muger, á una jóven princesa, hija y hermana de los mas débiles reyes, y no ensayada ella misma en el arte de gobernar, entonces no puede dejar de mirarse la trasformacion con cierto asombro. Si se hubiera debido solo á Fernando, la miraríamos como la obra admirable de los esfuerzos de un hombre. Si Isabel la hubiera realizado sola, habria quien lo atribuyéra todo á la Providencia. Ejecutada por Isabel y Fernando juntamente, representa la obra simultánea de Dios y de los hombres.

Por una cadena de acontecimientos, de esos que en el idioma vulgar se nombran casos fortuitos, que el fatalismo llama efectos necesarios del Destino, y para el hombre de creencias son providenciales permisiones, se vie. ron Isabel y Fernando elevados á los dos primeros tronos de España, á que ni uno ni otro habian tenido sino un derecho eventual y remoto. Por no menos singulares é impensados medios se preparó y realizó el enlace de los dos principes, que trajo la apetecida union de las dos monarquias. ¿Pero hubiera bastado el matrimonio de los dos principes para producir el solo el consorcio de los dos reinos?

Trescientos años hacía que se habian unido en matrimonio un rey de Aragon y una reina de Castilla, y sin embargo, aquel enlace no sirvió sino para avivar los celos, enconar las rivalidades, y encender más las discordias y las guerras entre los naturales de los dos pueblos. ¿Era acaso menos ambicioso de dominio y de poder Fernando II. que Alfonso I, de Aragon? Con tan arrogantes pretensiones vino el uno como habia venido el otro de domi. nar en Castilla como esposo de una reina castellana. ¿Cómo, pues, en el sia glo XV., con hechos y circunstancias tan análogas y semejantes, se verificó la dichosa union que estuvo tan lejos de verificarse en el siglo XII.?

Obra fué ésta, tal vez la mas grande (y es en la que menos parece haberse fijado los historiadores) del talento, de la discrecion y de la virtud de Isabel. La hermana de Enrique IV., siguiendo opuesta conducta á la que habia observado su esposo el rey de Aragon la hija de Alfonso VI., supo moderar con suavidad las aspiraciones del aragonés, y reducirle con su prudencia á aceptar un convenio de justa particion de poderes y de mando. Merced al carácter de Isabel, desde el matrimonio hasta la muerte marchan acordes las roluntad cs de los dos esposos. Isabel parecia ejercer una especie de fascinacion sobre Fernando; pero su talisman era solam ente su amor, su discrecion y sus virtudes. Con él resolvió el difícil problema de poderse regir dus dislintas monarquías con un mismo cetro, de poderse gobernar con dos cetros una monarquia misma, y de poder reinar dos monarcas juntos y separados, Isabel dominando el corazon de un hombre y haciéndose amar de un esposo, hizo que se identificaran dos grandes pueblos. Esta fué la base de la unidad de Aragon y Castilla, y el principio de los grandes progresos de este reinado.

Halló Isabel cuando comenzó á reinar una nacion corrompida y plagada de malhechores, una nobleza díscola, turbulenta y audaz, un trono vilipendiado, una corona sin rentas, un pueblo agobiado y pobre: halló prelados opulentos y revoltosos como el arzobispo Carrillo de Toledo, caballeros ambiciosos y rebeldes como el gran maestre de Calatrava, magnates codiciosos é intrigantes como el marqués de Villena, proceres osados y traidores como Pedro Pardo, ricos delincuentes como Alvaro Yañez, alcaides criminales como Alonso Maldonado, una competidora al trono incansable y tenaz como la Beltraneja, un rival despechado, presuntuoso y emprendedor como Allonso V. de Portugal, un enemigo poderoso, politico y astuto como Luis XI. de Francia, un ejército portugués dentro de Castilla, otro ejército francés en Guipúzcoa, y por lodas partes tropas rebeldes capitaneadas por magnates castellanos.

A los pocos años los magnates se ven sometidos, los franceses rechazados en Fuenterrabia, los portugueses vencidos y arrojados de Castilla, la competidora del trono encerrada en un claustro, el jactancioso rey de Portugal peregrinando por Europa, el ladino monarca francés firmando una paz con la reina de Castilla, los ricos malhechores castigados, los receptáculos del crimen derruidos, los soberbios proceres humillados, los prelados turbulentos pidiendo reconci'iacion, los alcaides rebeldes implorando indulgencia, los caminos públicos sin salteadores, los talleres llenos de laboriosos menestrales, los tribunales de justicia funcionando, las cortes legislando pacificamente, con rentas la corona, el tesoro con fondos, respetada la autoridad real, restablecido el esplendor del trono, el pueblo amando á su reina y la nobleza sirviendo á su soberana. Castilla ha sufrido una completa trasformacion, y esta trasformacion la ha obrado una muger.

Sin esta favorable mudanza en los ánimos y en las costumbres públicas y privadas, sin esta variacion en el estado social y político del reino, no se hubiera podido realizar la empresa de la conquista de Granada. Por eso los monarcas que la habian concebido supieron aguantar insultos, sufrir injurias, padecer y callar antes de acometerla, hasta contar con elementos para no malograrla. El mérito de la oportunidad fué tambien de la reina Isabel, que templando la impaciencia, y moderando los fogosos impetus de su esposo, supo contenerle hasta que vió llegado el momento y la sazon de obrar.

La conquista de Granada no representa solo la recuperacion material de un territorio mas o menos vasto, mas o menos importante y feraz arrancado del poder de un usurpador. La conquista de Granada no es puramente la terminacion feliz de una lucha heróica de cerca de ocho siglos, y la muerte del imperio mahometano en la península española. La conquista de Granada no simboliza esclusivamente el triunfo de un pueblo que recobra su inde. pendencia, que lava una afrenta de centenares de años, que ha vuelto por su honra y asegura y afianza su nacionalidad. Todo esto es grande, pero no cs solo, y no es lo mas grande todavia. A los ojos del historiador que contempla la marcha de la humanidad, la material conquista de Granada representa otro triunfo mas elevado; el triunfo de una idea civilizadora, que ha venido atravesando el espacio de muchos siglos, pugnando por vencer el mentido fulgor de otra idea que aspiraba a dominar el mundo. La idea rea ligiosa que armó el brazo de Pelayo, el principio religioso que puso la espa da en la mano de Fernando V. La tosca cruz de roble que se cobijó en la gruta de Covadonga es la brillante cruz de plata que se vió resplandecer en el torreon morisco de la Alhambra. La materia era diferente; la significacion era la misma. Era el emblema del cristianismo que hace á los hombres libres, triunfante del mahometismo que los hacia esclavos.

Con razon se miró la conquista de Granada, no como un acontecimiento puramente español, sino como un suceso que interesaba al mundo. Con razon tambien se regocijó toda la cristiandad. Hacia medio siglo que otros mahometanos se habian apoderado de Constantinopla: la caida de la capital y del imperio bizantino en poder de los turcos habia llenado de terror á la Europa; pero la Europa se consoló al saber que en España habia concluido la dominacion de los musulmanes. Alli se levantaba el imperio Otomano, y acá desaparecia el imperio de Ben Alhamar. El cristianismo de Occidento acudia á consolar al cristianismo de Oriente, y España templaba el dolor de Europa. Al cabo de algunos años todo el poder reunido de la cristiandad ha

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