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GÜADALAJARA, (México).

TIP. DE LUIS PEREZ VERDíA, Á CARGO DE CIRO L. GUEVARA,
Bajos del Hotel Hidalgo, números. 1 y 2.

MOCCCLXXXVI.

201732

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Estoy en el campo, en casa de mi tio. La conversación de mi tio es agradable é instructiva. No obstante, como se interrumpe á veces, me deja algunos momentos desocupados. He tenido la idea de emplearlos en algún trabajo literario. Se escribe generalmente tan mal en estos tiempos que yo creo poder manejar una pluma poco nás ó menos como todo el mundo; aunque no haya escrito hasta hoy más que despachos telegráficos. Hay en un castillo vecino, en casa de unos amigos de mi tio una biblioteca bastante rica, de la cual puedo disponer: como contiene gran número de curiosos documentos relativos al siglo XVII mi primer pensamiento fué utilizarJos volviendo á escribir la historia de Luis XIV, que Voltaire no escribió bien. Pero, después de maduras reflecciones, prefiero escribir la mia, que me interesa más. El lector—si llego á tener uno siquiera—convendrá en que hay más satisfacción en mirarse en su propio espejo que ver en él la fisonomía de cualquier otro individuo. En este caso me encuentro.

Tengo treinta años. Soy alto, esbelto, elegante, de un rubio casi azafranado. Bailo bien el vals y monto bien á caballo. Por lo que toca á mi físico nada más sabrá la posteridad. Bajo el punto de vista intelectual, he leido bastante; moralmente, soy de un buen natural. Hasta diré que no me conozco más que un defecto: no tomar nada á lo serio, ni en los ciclos ni en la tierra. Hace algunos años,

(*) Versión castellana de "La República Literaria."

cuando vi desaparecer en mi horizonte esa cabeza de anciano que yo llamaba el buen Dios, por costumbre, recuerdo que lloré. Una alegría serena é imperturbable ha, desde aquel momento, hecho el fondo de mi carácter. Se piensa en las clases subalternas de la sociedad, que la aristocracia conserva todas las supersticiones desusadas. Este error, en lo que á mi toca por lo menos, es completo. Hago á las conveniencias los sacrificios indispensables; pero por lo demás declaro que el positivista más radical, el frac-masón más empedernido, el más terrible afiliado de una asociación secreta, no son más que -viejas devotas llenas de preocupaciones, comparados con el ^ehíir hoflibre que escribe estas líneas.

Mi tio, sin embargo .se-ha propuesto casarme con una joven, que Ho^ólo.aí d;e una piedad.excepcional, sino que pertenece á una famiha que parece sumergida en la más baja devoción. Este es el episodio de mi vida que me parece digno de ser estudiado y descrito detalladamente por un observador bien informado. Es este el punto único de mi modesta biografía que me propongo tratar en estas páginas, no tomando del pasado más de aquello que sea necesario para que se comprenda el presente y dejando el porvenir á los dioses inmortales.

Me llamo Bernardo-Mauricio Hugon de Montauret, vizconde de Vaudricourt. Tenemos en nuestro blason las insumías de las cruzadas, lo cual es siempre grato. Mi tio es el conde de Montauret de Vaudricourt, primogénito y gefe de la familia. Perdió hace pocos años á su hijo único y ahora soy yo el único heredero de su nombre. Tanto él como yo deseamos que ese nombre no se extinga, pero durante largo tiempo hemos pensado de distinta manera en lo que se relaciona con los medios de perpetuarlo. Mi tio pretendía dejarme á mí ese cuidado; yo pretendía cederle el privilegio de hacerlo. Era viudo y yo le aconsejé con insistencia que se volviera á casar: hícele observar que estaba aun bien conservado, que parecía joven y que tenía el aspecto de un hombre á quien no está aún vedado esperar en el porvenir; mas, en este punto, jamás he podido vencer su resistencia, fundada por lo visto en razones cuyo peso puede él apreciar mejor que yo.

Mi tio agradeció—sin motivo á la verdad—el desinterés que yo manifestaba al aconsejarle que se casara. Lo cierto del caso es que, entre dos males, yo escogía el menor y prefería sacrificar su suceción á aventurar mi persona, mi libertad y mi honor en esa terrible aventura que se llama el matrimonio. Sin embargo, aunque, como ya he dejado dicho, no sea yo un verdadero creyente, no desconozco cierto número de deberes. Uno de los que acato es el de salvar del olvido nuestro viejo nombre de familia, así como nuestro blasón en fondo de gules, y, como para llegar á este fin no existe desgraciadamente otro medio que el de un enlace legítimo, hemos decidido desde hace cuatro años que yo tomaría una esposa y tendría muchos hijos.

Hecho este convenio, mi tio, animado de una impaciencia juvenil, me instó para que inmediatamente diera cima á este propósito. Fué entonces cuando yo me puse á estudiar con un interés inusitado á una multitud de jovenes mundanas, ante las cuales había yo siempre permanecido indiferente-hablo de las señoritas casaderas.—Yo creía conocer bastante bien á las mujeres, habiéndome siempre ocupado de ellas con predilección. Pero á las jóvenes doncellas no las conocía, ó al ménos creía no conocerlas. Con gran sorpresa y, hasta diré más, con gran pena observé que había—por lo ménos en Paris— una leve diferencia entre las unas y las otras, y hasta que muchas mujeres podrían tomar con provecho lecciones de las señoritas sobre cualquier materia.

Recuerdo que un dia mi antigua y excelente amiga la duque?a de Castel-Moret, dio en su hotel de la calle de Saint Dominique un baile compuesto casi exclusivamente de jóvenes de quince á veintidos años. Esta fiestecita me había sido secretamente dedicada. Yo había confiado á la duquesa mis disposiciones matrimoniales y ella me había hecho el honor de reunir ante mis ojos la flor y nata de las señoritas casaderas, asegurándome que me bastaría tender la mano para coger una perla. Efectivamente, todas aquellas graciosas niñas blancas y color de rosa, bailando púdicamente unas con otras, ofrecían un es*pectáculo que de tal modo respiraba inocencia que lo único que podía hacerme vacilar era la dificultad de la elección.—Era un hermoso dia del juicio. Después del baile las jovenes se diseminaron en el jardin del hotel en donde el té habia sido servido sobre el cesped. Yo me había sentado solitareamente detrás de un bouquet de magnolias y trataba de poner en orden mis impresiones, cuando uno de aquellos grupos encantadores pasó por el otro lado de la enramada. Eran tres, y las tres hablaban á media voz, mezclando su conversación con risas frescas y argentinas: sus gran

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