Imagens das páginas
PDF
ePub

patrocinio á las ciencias y á las artes. En vista de esta pintura, que continuamente han hecho nuestros padres de los tiempos de Carlos IV, no debe causar estrañeza, que el general Navia procediese con los sediciosos de una manera tan suave, y que solo la mas imperiosa necesidad le obligase á publicar en el mismo dia veintiocho otro bando, que contenia otras medidas de rigor, prohibiendo la reunion de varias personas, y mandando retirar á sus casas ó cuarteles á los reclutas ó voluntarios, que bajo cualquier pretesto formasen grupos en las calles ó plazas públicas. El motin tomaba ya sin embargo nuevo incremento; gente perdida exasperaba secretamente ;» los sediciosos, y desoída la voz de la autoridad militar, fue preciso que algunos caballeros maestrantes recorriesen á caballo la ciudad, consiguiendo con sus exhortaciones sostener el orden, y que se retirasen los amotinados, los cuales se contentaron por entonces con fijar algunos pasquines contra los franceses. Durante algun tiempo no volvió á alterarse la tranquilidad pública, y todo parecía ya olvidado, cuando la llegada del capitan general efectivo, duque de la Roca , produjo nuevas turbulencias, y renovó con mas animosidad las escenas anteriores. Cerradas hasta entonces la mayor parta de las casas francesas, eran incalculables los perjuicios que sufrían sus intereses mercantiles, y solo esperaban una oportunidad para volver á abrir sus tiendas, supuesto que el orden público parecía ya asegurado. En este concepto aprovecharon la llegada del nuevo capitan general, á quien presentaron varias instancias, implorando su autoridad , y suplicándole protegiera sus intereses; pero el duque, sin atender á las razones que se aducían para convencerle, solía poner siempre en todas las esposiciones que le dirigieron el decreto siguiente: «el público ha cerrado las tiendas; pídase, pues, el permiso al público." Semejante conducta, que en nuestros dias hubiera producido las mas funestas consecuencias, no tuvo entonces resultado alguno, y la tranquilidad continuó inalterable hasta el veinticuatro de Marzo. Era domingo de Ramos, dia en que por una costumbre inmemorial, que todavía no se ha podido desterrar completamente, se permitía á los muchachos circular por las calles, armados de mazos, para golpear las puertas, interrumpiendo de este modo el silencio grave de aquella semana, consagrada al recogimiento, cuya costumbre se llama en nuestro país tocar á María sola. Con este motivo algunos de ellos escogieron para su diversion varias calles donde

vivían franceses, y golpearon las puestas de sus casas con violencia, sin que la autoridad adoptase alguna medida para contener estos desmanes. Mientras los muchachos desarrapados gozaban en el estruendoso ruido desus mazos, corriendo, y gritando además, em« pezaron á arder dos casas francesas, situadas en la calle dels Drets, y bien fuese casual, bien efecto de una venganza meditada, el incendio sirvió de pretesto para que acudiese á aquel punto mucha gente, y para que reunidos otra vez los sediciosos, se derramasen entonces por la ciudad, volviendo á allanar algunas otras casas, llevándose cuantos efectos encontraron en ellas, para depositarlos en la plaza de Sto. Domingo. Pocos momentos bastaron para formar de estos efectos una inmensa pira, que ardió en seguida, á contentamiento de aquellas turbas hacinadas hostilmente al rededor de la improvisada hoguera. Dominada ya casi la capital por estas gentes atrevidas, era fácil prever nuevas desgracias, que la energía de las autoridades únicamente podía contener; pero el general, duque de la Roca, transigiendo con los reboltosos, les ofreció mandaría salir de Valencia á los franceses; y con efecto lo cumplió, publicando un bando, que firmó en la Lonja de la Seda, á veintiseis de Marzo, en el que mandaba que todos los franceses, de cualquier clase y categoría , residentes en Valencia, se presentasen en la Ciudadela , con el objeto de trasportarles fuera del reino, quedando sus bienes embargados por el rey. Esta disposicion, que prueba cuando menos el carácter débil de la autoridad que la dictó, contuvo por entonces las tropelías de los sediciosos, los cuales se ocuparon aquella tarde en buscar cuidadosamente á los estrangeros para presentarlos de grado ó fuerza en la Cindadela. Circulaba ya entre tanto por algunos pueblos del reino la noticia de estos escesos, que una impunidad escandalosa hacia mas duraderos y trascendentales, y esto atrajo á la capital á muchos vagos y otros hombres criminales que, declamando contra los franceses, y aparentando un celo laudable por la religion y por la patria, entre otras tropelías saquearon una casa de la plaza del Mercado, con harto escándalo de la consternada mayoría de la poblacion, llubiéranse repetido estos y mayores desórdenes, si, cansados por fin algunos ciudadanos honrados de ver turbada la tranquilidad pública por un puñado de hombres sin patria y sin hogar, no hubieran formado espontáneamente una ronda respetable, armandose en seguida , y uniéndose á los estudiantes que, á las órdenes del módico y catedrático D. Juan Bautista Poeta , acababan de salir de la Ciudadela , en donde bnbian recogido los fusiles necesarios; atacaron á los sediciosos, los persiguieron de calle en calle, y les obligaron por ultimo á abandonarla ciudad, cuyas puertas cerraron inmediatamente. Merced á esta resolucion del pueblo sensato de Valencia , donde las autoridades apenas daban á conocer su influjo, se restableció la calma , y el embarque de los franceses se verificó el treinta y uno de Marzo, sin que se bubieran de lamentar nuevos escesos, y sin que las seiscientas cuarenta y ocho personas comprendidas en el bando de espulsion, tuvieran que sufrir desde la Ciudadela al Grao ningun atropellamiento ni insulto.

Parecía que con este estrañamiento debian quedar satisfechos no solo los sediciosos, que hasta entonces babian dominado la situacion , sino tambien los que ó por espíritu religioso, ó por el horror que babia inspirado á los españoles la sangrienta revolucion de París, deseaban el destierro de los franceses, que avecindados desde mucho antes en Valencia , solo tenian de estrangeros los apellidos y la procedencia: pero el gobierno de Carlos IV, por medio de una inesperada resolucion , que en el dia calificaríamos de arbitraria , puso en combustion la capital, haciendo sucumbir á la primera autoridad eclesiástica bajo el peso de la mas cruel persecucion. Hemos indicado en otra parte, que á consecuencia de la horrorosa proscripcion que lanzó de Francia á tantos millares de ciudadanos, se babian refugiado en Valencia muchos clérigos y algunas religiosas, que encontraron entre nosotros la mas benéfica hospitalidad. Tranquilos, aunque lejos de su patria, estos proscritos babian sido respetados durante los últimos acontecimientos referidos, y consagrados á su ministerio, estaban muy lejos de temer, que el gobierno de Carlos IV les arrojara de su territorio, estrafiándolos de una nacion eminentemente católica, y en los momentos en que una revolucion desesperada iba á hacer desaparecer todos los poderes de lo pasado; y en que los tronos, lo mismo que la religion, socavados hasta lo infinito, amenazaban desplomarse, arrastrando en su caida el báculo sagrado de los obispos y el cetro de oro de los reyes. Sin embargo, ó mal informado Godoy por las relaciones del duque de la Roca , cuya autoridad era de tan poca validéz en este reino, ó creido de que los clérigos refugiados podían dar ocasion á perpetuar con su presencia Tom. II. 15

los escándalos ocurridos en el mes de Marzo anterior , ó por oiras causas, en fin, cuyo origen no podemos acertar, dirigió en Abril del mismo año á esíe capitan general una real orden , mandando salir del reino de Valencia á todos los eclesiásticos franceses que actualmente residieran en este pais. Recibida la comunicacion, se apresuró el duque de la Roca á darla el mas exacto cumplimiento, y en su consecuencia, fueron estrañados en seguida aquellos sacerdotes, permitiendo únicamente quedar aquí á los que, ancianos ó gravemente enfermos no podian emprender este viage. Antes, empero, de dar publicidad á la orden de estrañamiento la comunicó el general al arzobispo, que lo era entonces D. Francisco Fabian y Fuero; cuya contestacion, trasmitida por su obispo ausiliar ü. Melchor Serrano, religioso de las Escuelas-Pias, manifestaba el mas profundo respeto á las disposiciones de S. M., mayormente en esta, que le dispensaba de mantener por mas tiempo á los eclesiásticos estrangeros, con grave perjuicio de las rentas del arzobispado. Otra circunstancia, empero, comprometió la situacion, y dió lugar á las tropelías que se cometieron contra la persona de aquel prelado, cuyas persecuciones refirió su obispo ausiliar en una humilde esposicion que con este motivo elevó á S. M. El carácter de su autor y la sencilla narracion de los hechos, basta para dar á conocer la verdad de los acontecimientos á que nos referimos.

»Con fecha diez de Diciembre del año próximo de noventa y tres, dice el obispo, se comunicó al M. R. arzobispo de dicha ciudad, por medio del Emmo. cardenal arzobispo de Toledo, una real orden de V. M. del seis del propio mes espedida á consulta del consejo estraordinario, por la cual se mandaba comunicar órdenes á los capitanes generales á fin de que no permitiesen la entrada de mas eclesiásticos franceses y que exhortase nuevamente á los M. RR. arzobispos y obispos del reino para que continuando el egercicio de la caridad cristiana con dichos eclesiásticos, mantuviesen en sus respectivas diócesis los destinados á ella todo el presente invierno, sin darles pasaporte ni permitirles mudar su residencia á otros obispados: cuyo puntual cumplimiento y observancia encargó S. Emmo. al M. R. arzobispo, sin que permitiese la menor contravencion, segun consta de la copia impresa de la real orden que acompaña á esta representacion.

Una real determinacion tan recientemente dictada con el examen y detencion propia de la soberana autoridad merecía ciertamente todo respeto y veneracion; y animado el M. R. arzobispo de Valencia de estos mismos sentimientos de obediencia y sumision, lia procurado sostener lo mandado en ella hasta que le hiciera ver ser otra la voluntad de V. M. Pero han sido inútiles todos sus esfuerzos viéndose precisado á ceder á las órdenes particulares de aquel capitan general, opuestas enteramente á lo mandado en la citada real orden de V. M., y dirigidas á hacer salir fuera del arzobispado á todos los eclesiásticos franceses destinados á él, como se ha verificado, sin reparar en la ancianidad y achaques de algunos, sin atender á los atentos oficios que les pasa el M. R. arzobispo manifestándole lo dispuesto en la mencionada real orden de seis de Diciembre próximo, ni menos á las prudentes reflexiones que le hizo el esponente cuando pasó en persona á implorar su piedad movido de la caridad cristiana propia de su carácter, y llegó el esceso del capitan general á proferir en la conferencia que tuvo con él, que el M. R. arzobispo le tenia turbado el reino, y que saldrian de él éste y el esponente, si el capitan general lo mandaba; cuyas espresiones las profirió al tiempo de despedir al esponente, de manera, que lo oyeron varias gentes.

Egecutadas, pues, las providencias del capitan general de un modo tan absoluto y violento, creyeron el M. R. arzobispo y el esponente que no pararían en esto sus atentados, recelándose que se estendiesen tambien á las religiosas ursolinas establecidas en aquella ciudad y casa de la Enseñanza por orden de V. M., pues que al dia inmediato de haberse verificado el estrañamiento de los eclesiásticos franceses, pidió una lista de dichas religiosas, y así cumpliendo el esponente con las funciones de su oficio determinó salir de aquella ciudad con la idea de hacer presente á V. M. las tribulaciones del M. R. arzobispo, sin atender á las incomodidades de la cruel estacion , y habiendo llegado aquí, se ha hallado con la sensible noticia de ver ya realizados sus fundados recelos, de un modo que jamás se llegó á imaginar.

No ignora V. M, el modo con que se destinaron á la mencionada casa de la Enseñanza aquellas infelices religiosas, y que posteriormente con fecha de veintidos de Mayo del año próximo se comunicó al M. R. arzobispo, por vuestro secretario de estado, una real orden, en que se le decia , que con la misma fecha se le comunicaba otra al capitan general para que ínterin no tomaba V. M.

« AnteriorContinuar »