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lona,

de la reina á los baños de Sacedon, donde per1821. maneció hasta el 3 de Agosto , en que regresó á

la capital de la monarquía: mas el 16 salió otra vez para San Ildefonso, donde sufrió un ataque vehemente de gota. Los variados afectos que habian combatido la existencia del principe ; su atormentadora ambicion, luchando siempre con la debilidad de carácter y su propension á los placeres de la mesa y de la hermosura, habian poco á poco minado su salud, y en la flor de la vida veíase condenado á sufrir una enfermedad cruel é incurable que abreviaba sus dias.

La fiebre marilla , transportada en buques veFiebre ama- nidos de la Habana al puerto de Barcelona , prorilla en Barce

pagábase con suina rapidez desde el cabo de Creus,
al de Gata, y devastaba la capital de Cataluña.
La miseria y la pobreza comunicábanle nuevos
brios; y cayendo todas las plagas sobre el prin-
cipado, en medio de los horrores de la peste al-
zaban el pendon de la tiranía en las inontañas
Francisco Montaner, sargento de la division de
Manso, y el célebre Juan Costa, conocido con el
apodo de Misas. Huyendo del contagio en los pri-
meros momentos abandonaba el médico al enfermo
y la familia al moribundo, cuyos dolores crecian
al verse privado del dulce consuelo de la amistad
y del parentesco. Los escribanos escondidos en sus
hogares negábanse á recibir testamentos, y el pa-
vor y la consternacion sepultaban inas víctimas en
el sepulcro que la crudeza misma de la fiebre.
Cerrados los talleres y las fábricas, el hambre anie-
nazaba con mayores estragos si la piedad y el
interes mismo de los ricos no hubiesen derraina-
do á manos llenas el oro: en todas las parroquias
se distribuían abundantes sopas á los pobres, y los
contagiados no carecian ni de medicinas ni de los
necesarios alimentos. Asi en inedio de la muerte

y de la desesperacion brillaban contínuos rasgos de amor á la humanidad que hermoseaban tan terrible cuadro.

En la Fontana de Oro habian resonado alabanzas á la muerte de Vinuesa ; y sus asesinos, fundadores de una orden llamada del martillo, osaron aparecer en aquel sitio adornado el pecho con el instruinento con que habian inmolado al clérigo infeliz. Alli Romero Alpuente persuadia al Doctrinas pueblo que la guerra civil era un don del cielo, qui y que la anarquía purgaba la tierra de tiranos: alli se igualaba la monarquía moderada con la esclavitud , y se llamaba al trono cadalso de la libertad; y alli, agitados siempre los oradores por el vértigo que los dominaba, enardecian los ánimos á favor de la república sin nombrarla. El ministerio queriendo apagar aquel foco de insurreccion, fijaba los ojos en el gefe político; pero Copons, que en 1815 habia dicho al rey que envidiaba la suerte de Elio que habia derrocado el sisteina representativo, queria ahora lavar aquella mancha en el agua corriente de una exageracion sin freno. Un hecho reciente é indigno de todo funcionario público acababa de revelar al gabinete hasta qué punto podian contar los alteradores del orden social con don Francisco Copons y Navia. Al acercarse la época de las elecciones de diputados para la próxiina legislatura, el secretario de la Gobernacion habia circulado á los gefes políticos una instrucion reservada encargándoles que sin traspa- Circular resar las facultades que la ley les concedia procurasen que las elecciones recayesen en personas amantes de la libertad, pero no en los protectores de la licencia (*). El general Copons , faltando á su p* Ap. lib. 9. deber , leyó á voces en un café el escrito del mi- num. 8.) nistro alarınando á los anarquistas, que confundieron la exhortacion con el inandato, y que no cesa

servad

ron de perseguir á Feliu y de prodigarle los mas odiosos dictados. Entonces el ministerio destituyó á Copons, y nombró en lugar suyo á don José Martinez de San Martin, de carácter resuelto y entero, y enemigo de bullicios y de insultos.

Entre tanto Fernando, que residia aun en el delicioso palacio de San Ildefonso , renovó de una manera brusca é impolitica sus ataques á la Cons

titucion jurada. No escarmentado con las lúguMas ataques bres escenas que originó en el pasado año el nom

leya. la bramiento ilegítimo de Carvajal, ni satisfecho con Constituciou.

la inoderacion y respeto al trono del ministerio, pues á sus ojos en no amando el despotismo todos eran iguales , admitió la dimision del ininistro de la Guerra don Tomas Moreno Daoiz, y por sí, y sin consultar á los demas secretarios responsables, elevó á la silla vacante al general de Marina Contador. Asustado éste con las consecuencias que preveía, anciano y enferino, no adınitió el cargo, y el monarca entregó las riendas de la secretaria del inisino inodo ilegal al general Rodriguez, cargado tambien de años y de achaques. Viendo los ministros el proceder injusto y arbitrario de S. M.,

todos unánimes pusieron en las reales manos su Dionision del dimision, para no autorizar con su permanencia ministerio.

los pasos inconstitucionales de Fernando. Mas traslucióse el secreto y agitáronse las reuniones de Madrid, y el ayuntainiento y la diputacion de Cortes representaron igualmente al príncipe entre el estruendo de las conmociones populares que regresase de San Ildefonso y pusiese término con su

presencia á la zozobra pública. Entonces el rey se No la admi- negó á admitir la dimision del ministerio, y nointe cl rey.

bró secretario interino de la Guerra á don Ignacio Balanzat, confiriendo despues en 9 de Setiembre la propiedad á don Estanislao Sanchez Salvador, con anuencia de sus consejeros responsables.

1821.

Y temeroso de que a su vuelta estallase una tormenta parecida a la que afligió su ánimo al regreso del Escorial, la dilató cuanto pudo. En este verano los baños de Bañeras se vieron llenos de personages y inilitares españoles fugados que solo respiraban sed de venganza , y que anunciaban en ein. brion inultiplicadas tramas contra la libertad de su patria. Ya en 29 de Junio escapado de Ma. llorca, donde el gobierno le habia destinado de cuartel, llegó á Bayona en una lancha pescadora el general Eguía, autorizado por Fernando para formar una junta céntrica de conspiraciones, y dirigir aquella máquina escandalosa y funesta de invasiones y de partidas facciosas que asolaron la España. Con semejante rey ni era posible cimen. tar la tranquilidad ni contener á los anarquistas, cuyos motivos de desasosiego tenian tan fundada causa.

La Fontana de Oro, coino igualmente las reua niones patrióticas de las provincias, eran el eco de las sociedades secretas, y revelaban los planes misteriosos de estas en los discursos con que arrastraban á la muchedumbre á su ejecucion. En su ignorancia de la época y del estado de Europa, los oradores aspiraban á sublevar las naciones vecinas y á generalizar los gobiernos libres, contando principalmente con que la Francia entera se levantaria al primer grito de libertad que resonase en sus fronteras. Y no pareciéndoles el código de 1812 bastante democrático pretendian reformarle en sentido republicano, despojando al trono de la prerogativa de rehusar dos veces la sancion de las leyes: para ello contaban con Zaragoza y Barcelona, y solo les faltaba para dominar en la corte entronizar el terror que habian infundido con la muerte de Vinuesa , y que comenzaba á disiparse, gracias a la confianza que infun

T. II.

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dia la firmeza de San Maria y de Morillo. Para recobrar pues el terreno perdido quisieron repetir la sangrienta escena de Mayo en un infeliz piotor sentenciado á diez años de presidio por haber conspirado contra el sistema representativo: los oradores anunciaron al pueblo su designio de descargar el martillo sobre la cabeza del preso; pero las autoridades tomaron sus medidas con tanto pulso y arrojo, que los agitadores se vieron detenidos é imposibilitados de llevar á cima el nuevo crimen. No desmayando einpero con semejante contratiempo tocaron otro resorte: los guardias que en la plaza de palacio acuchillaron a los que insultaban al rey, permanecian encerrados en un convento, y los individuos de la Fontana inflamaban el corazon del vulgo hablando de la iinpunidad de los conspiradores, y presagiando que ella acarrearia la muerte de la libertad. Irritada la plebe pedia la sangre de los guardias, y los anarquistas, dirigiéndose al lugar de su encierro, amenazaron al piquete que custodiaba los reos; mas los soldados, despues de haberse defendido con bizarría, peligraban ya cometidos por una muchedumbre que iba siempre de aumento. Luego que Morilla supo el

acometimiento de los amotinados mandó redoblar Anne de la guardia, y tirando de la espada disipó los gruMorille.

pos y restituyó su aplomo a la alterada calma.

Rabiosos los alborotadores con el arrojo del conde de Cartagena, que asi les disputaba las víctimas destinadas por ellos al sacriâcio, acusaron de tiraNo i Morillo en la Fontana, y dijeron que habia datingido las leyes, y que debia ser castigado. El general renuncio el mando de Castilla, y pidió que le juzgase un consejo de guerra, afirmando que no volveria 1 empañar el baston inieria no se pusiesen en claro su lealtad y su inocencia. El consejo se reunia y absolrio de todo cargo al conde de

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