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no de seis horas, teniendo que entregarse todos; en tanto se les conducía á la ciudad, despachábase un propio á Madrid para comunicar la noticia del arresto, según lo tenía ordenado Calomarde. El 10 de Diciembre llegó á Málaga el decreto condenando á muerte á cuantos formaban parte de la expedición, y consumóse aquella terrible hecatombe humana en las primeras horas del siguiente día. Pidió Torrijos que no se le vendasen los ojos y que se le permitiera mandar hacer fuego á los soldados del piquete ejecutor; pero no le fué concedido. Los cincuenta y dos infelices perecieron fusilados, yendo á aumentar el infinito número de los mártires de la libertad. Algunos años después, erigió el ayuntamiento de Málaga un monumento en honor a la memoria de Torrijos y de sus compañeros, en la plaza de la Merced, encerrándose allí la caja que guarda el cadáver de aquel esforzado caudillo.

A González Moreno le valió su villana acción el epíteto de verdugo de Málaga, que le pusieron los liberales, y el ascenso á teniente general que le otorgó el Rey. Su fin no pudo ser más desdichado (1).

La Gaceta de Madrid, al dar cuenta de los fusilamientos, ponderó la clemencia de Fernando, comparándole á Tito. El historiador señor Lafuente, refiriéndolo, dice que la adulación hizo, sin querer y sin advertirlo, un sarcasmo sangriento.

La prueba oficial de la infamia que se cometió con Torrijos está en la siguiente comunicación, dirigida a Calomarde por el subdelegado principal de Policía de la provincia de Málaga, con fecha 7 de Diciembre de 1831; comunicación registrada con el número 266:

«En mi oficio de 30 del próximo pasado, manifestaba á V. E. que en el estado que tenía la combinación simulada con el rebelde Torrijos, para atraerlo á estas costas, marchaba yo á esperarlo al punto de desembarco convenido, como lo ejecuté en la noche del mismo día del citado mes anterior, en la que no se presentó aquél, ni en la siguiente, 1.o del actual, en que también me dirigi al mismo sitio, por cuya razón me restituí á esta ciudad; pero a las pocas horas de mi llegada recibí un aviso del comandante de la columna, de hallarse á la vista barcos sospechosos. Con este motivo, parti inmediatamente, y, con efecto, en todo el camino observé había dos que por su porte, movimientos, dirección y maniobras, parecia ser los que se esperaban, permaneciendo en las posiciones que ocupaban desde las diez de la mañana del 2 hasta que cerró la noche. Teniéndolos por los conductores de los revolucionarios, se hicieron en tierra las señas ajustadas, tanto de día como de noche, á que no correspondieron, bien que mal pudieron hacerlo cuando a la misma hora desembarcó Torrijos y su gavilla en las costas opuestas del Oeste, obligados á ello por la persecución de los buques de la empresa, que los hizo encallar.»

Habiase recrudecido el padecimiento gotoso de Fernando en términos de ins

(1) Al terminar la primera guerra civil, donde servia en las filas de Don Carlos, asesinaronle sus mismos voluntarios.

pirar temores á Cristina y á los palaciegos el estado de su salud, y, para precaver cuanto pudiera ocurrir, otorgó testamento con arreglo á la Pragmática-san. ción que anteriormente había acordado se publicara. Esto mantenía cierta agitación en la Corte y entre los secuaces del absolutismo, halagados por cierto, entonces, con los sucesos de Portugal.

El usurpador Don Miguel continuaba su política despótica, que por extenderla á los extranjeros originó el envío de una escuadra francesa á las aguas de Lisboa. Apresuróse á conceder al Gobierno de las Tullerias cuantas satisfacciones se le pidieron, y siguió con los portugueses la misma conducta que Fernando con los españoles. Alzóse un regimiento proclamando la Constitución dada por Don Pedro, y derramó á torrentes la sangre de los sublevados después que fueron vencidos.

iTriste situación la de España y Portugal, teniendo que sufrir el férreo yugo de aquellos tiranos! Por fortuna, faltaba ya poco para que el uno y el otro desaparecieran, con alegria de ambos pueblos.

CAPÍTULO XXIX

I. El Conde de la Alcudia. – Nacimiento de la Infanta Maria Luisa Fernanda. -- Expedición de

Don Pedro á Portugal. - Empréstito que levantó para ello, cuya idea le fué sugerida por Mendizábal. — Agravación de la enfermedad del Rey. - Calomarde. – Transacción propuesta å Don Carlos. - El Rey en peligro de muerte. — Arráncanle los enemigos de Cristina un decreto derogando la Pragmática-sanción. – Créese muerto al Rey. - Alborótase el bando Carlista. – II. Alivio de Fernando. - La Infanta Carlota. – Escena con Calomarde: «Manos blancas no ofenden.»- Zea Bermúdez vuelve al poder. – Habilitase á Cristina para el Despacho durante la enfermedad de Fernando. — Sus decretos. — Amnistia incompleta por culpa del Rey. – Destierro y fuga de Calomarde. – Manifiesto amenazador de Cristina. — Relévase al Conde de España. – Declaración del Rey restableciendo la Pragmática-sanción decretada por Carlos IV. – La causa carlista definitivamente en baja. — III. Encárgase Fernando de nuevo del Gobierno. – Carta de gracias a la Reina. – La Junta carlista de Madrid. - Sublevación en León promovida por el obispo. — Ordėnase á Don Carlos y å su mujer que se retiren á Portugal. – Jura de la Princesa Isabel como heredera del Trono. - Protesta de Don Carlos. — Suce. sos de Portugal. – Derrota de los miguelistas. — Proclamación de Doña Maria de la Gloria. -Motines apostólicos.- Los conventos convertidos en foco de conspiraciones carlistas.- Muerte de Fernando VII. – Balance de su reinado. - Herencia que dejó á España. - Cristina, Reina gobernadora.

En los comienzos del año 1832 murió el ministro de Estado González Salmón, y los absolutistas diéronse trazas para que se le reemplazase con el Conde de la Alcudia, hombre de escasa inteligencia, admirador de Calomarde, y con quien aquéllos contaban incondicionalmente. Reforzóse asi la valía de los enemigos de los constitucionales y de la transigencia en las esferas del Gobierno, y bien lo habían menester, pues el nacimiento de la Infanta María Luisa Fernanda, ocurrido el 30 de Enero del mismo año, aseguraba más la sucesión directa a la Corona en contra de las pretensiones de Don Carlos y de sus parciales.

Por entonces, decidió Don Pedro, Emperador del Brasil, arrojar del Trono de Portugal al usurpador Don Miguel, y, empezando por abdicar el suyo en su hijo, habido del segundo matrimonio, partió de Rio Janeiro con la Emperatriz, su mujer y con su hija Dona Maria de la Gloria, que había ido allí desde Londres. Llegó á París, recabó el apoyo del partido liberal francés, y desde luego se pusieron á sus órdenes los emigrados portugueses y españoles. Uno de estos últimos, don Alvarez Mendizábal, de fecunda imaginación, fué el que le sugirió la idea que, realizada por Don Pedro, le condujo al logro de sus planes. Carecía el Emperador de recursos suficientes para emprender una expedición tan importante como la que trataba de hacer, y Mendizábal le propuso que negociara un empréstito cuyo producto se aplicaría á reclutar tropas y á la adquisición de armas y barcos. Hizose asi, y en el mes de Julio, Don Pedro, al frente de unos 6,000 hombres que se alistaron en sus filas, desembarcó en Oporto, apoderándose de la ciudad sin esfuerzo alguno. Acudió Don Miguel desde Lisboa con un ejército numeroso, y los expedicionarios que salieron a su encuentro viéronse obligados á retroceder refugiándose en la plaza. Púsola cerca el usurpador y asi transcurrió largo tiempo sin ventaja alguna para los sitiadores ni para los sitiados, en tanto se desenvolvían en Madrid otros sucesos que complicaban la marcha de la política.

Habíanse agravado los padecimientos de Fernando, que fué á pasar los meses del verano en el Real Sitio de San Ildefonso, y los médicos de cámara dieron un pronóstico desfavorable para la vida del enfermo. Después de reconocerlo, dijeron que probablemente no llegaría al mes de Octubre; y Cristina, alarmada, llamó á Calomarde á fin de consultar con él las providencias que había de tomar cuando el Rey falleciera. Respondióla el ministro que España se pronunciaría por Don Carlos; pues éste contaba no sólo con los realistas armados, sino con el

ejército, y que para conjurar las cosas pcdria dársele participación en el poder. Aceptado este consejo, por indicación de Cristina, propúsose á Don Carlos que compartiese la Regencia con la Reina, siempre que se comprometiera á respetar los derechos de la Infanta Isabel, negándose aquél á tal acomodamiento por no desamparar los suyos, de los que decía «eran debidos á Dios cuando fué su santa voluntad que naciese».

Como la enfermedad del Rey parecia no dar lugar á espera, pues acometíanle á menudo congojas, en una de las cuales aseguraban los médicos que exhalaría el paciente su último suspiro; Calomarde, el Conde de la Alcudia y el obispo de León, vieron á Cristina, y haciéndola saber la ne

gativa de Don Carlos á la transacción proDon Carlos María Isidro de Borbón.

puesta, se declararon abiertamente por la

causa del Infante. Pintaron con negros colores la situación del Pais, aseguraron que estallaría una guerra sangrienta, y de tal suerte se valieron en sus razonamientos para llevar el terror al ánimo

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de Cristina, que ésta hubo de ceder, pronunciando las siguientes palabras: «Pues bien, que España sea feliz y disfrute de orden y paz.» Entró en la alcoba del enfermo, cuyo estado no era el más á propósito para adoptar con pleno conocimiento de causa una resolución tan grave y trascendental como la en que había de poner su firma, y el resultado de su entrevista con Fernando, y el de la que luego tuvieron con éste sus ministros, consta en la certificación que sigue:

« Don Francisco Tadeo Calomarde, consejero de Estado, secretario de Estado y del Despacho de Gracia y Justicia, y Notario mayor del Reino:

» Certifico: Que estando en el Consejo de Ministros hoy 18 del mes de Septiembre, al mediodía, bajó el señor Conde de la Alcudia, primer secretario interino de Estado y del Despacho, del cuarto en que se halla el Rey Nuestro Señor Don Fernando VII en el Palacio de este Real Sitio, y me comunicó la orden verbal de Su Majestad para que me presentase á su-Real Persona, como efectivamente lo hice, y hallándose en la misma alcoba la Reina Nuestra Señora, me previno S. M. el Rey que extendiese inmediatamente un Decreto concebido en los términos siguientes:

» Queriendo que se conserve inalterable la tranquilidad y buen orden en la nación española, á quien tanto amo, vengo en derogar la Pragmática-sanción en fuerza de ley, decretada por mi augusto padre á petición de las Cortes de año 1789, y mandada publicar por mí para la observancia perpetua de la ley 2.", título 15, partida 2.a, que establece la sucesión regular de la Corona de España; siendo mi voluntad que este Real Decreto se conserve reservado en la Secretaría del Despacho de Gracia y Justicia sin darle publicidad y sin ejecución hasta el instante de mi fallecimiento, revocando lo que contra ésto dispongo en mi testamento cerrado. Tendráse entendido para su cumplimiento.

» Al mismo tiempo me previno S. M. que con este Decreto así extendido volviese á su cuarto á las seis de la tarde en compañía de los demás Secretarios del Despacho existentes en el Sitio, que lo son, el Conde de Salazar, don Luis López Ballesteros y el Conde de la Alcudia, y habiendo cumplido esta soberana resolución, fuimos introducidos en la pieza en que se halla la, cama de S. M., á cuya inmediación se encontraba la Reina Nuestra Señora, y leído en alta voz el Decreto inserto, como me lo ordenó el Rey Nuestro Señor, firmó de su Real mano en la forma siguiente: FERNANDO. — (Está rubricado).

» Acto continuo y después de haber salido de la indicada pieza, habitación de S. M., puse la fecha en el citado Real Decreto, en San Indefonso á diez y ocho de Septiembre de mil ochocientos treinta y dos, á las siete de la noche y cinco minutos. — Al Decano del Consejo.- Y para que siempre conste, lo firmo en la misma fecha. – FRANCISCO TADEO CALOMARDE. »

El triunfo era de los carlistas; la Infanta Isabel había sido desposeída del futuro Trono por su mismo padre, aprovechándose aquéllos del estado, al parecer agónico, en que se hallaba. Sobrevinóle al Rey otra congoja en la noche del citado dia 18, y como fuese de mayor duración que las anteriores, todos le dieron por

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